Caranchos, zombies, ética y política: ¿a quién carajo le importan los hechos?

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El tratamiento político mediático del crimen de Fabián Gutiérrez confirma que la derecha argentina busca ventaja en la muerte, con total prescindencia de la realidad.  Posverdad en estado puro.

La respuesta frente a este fenómeno debería ser política, además de ética. Interpelar a todos, pedir que se pronuncien, especialmente los de ‘centro’, porque el que calla otorga.

Ejemplo I, 18 de enero de 2015. En el interior de un baño, cuya puerta está trabada por dentro, yace un cuerpo sin vida con un orificio de bala. Primero la lógica y luego la criminalística indican que se trata de un suicidio, porque no se sabe de ningún ser humano que haya logrado la habilidad de teletransportarse o volverse fino como una hoja de papel para salir por abajo de la puerta.  Sin embargo, ese  cuerpo pertenece a quien fuera  el fiscal Nisman, autor de una reciente y descabellada denuncia contra la presidenta de la nación. 

Unos conocimientos básicos de psicología serían suficientes para comprender que Nisman se sentía acorralado- Por la presión de la oposición política de entonces, que quería exponerlo a toda costa, y una posición extremadamente frágil, debida a sus injustificables gastos, muy por encima de sus ingresos como fiscal, pero fácilmente atribuibles a sus acuerdos con embajadas y servicios de inteligencia extranjeros. La hipótesis más sólida es  entonces la del suicidio inducido, en buena medida confirmada por el uso a posteriori que se hizo de su muerte: “a Nisman lo mataron”.

Ejemplo II, 1 de agosto de 2017. Santiago Maldonado es visto por última vez con vida, en el marco de la represión de gendarmería a una comunidad mapuche. El tema se instala en la opinión pública y crece el escándalo. No es lo mismo fajar mapas que blancos de clase media. Se realizan varios rastrillajes en la zona. El cuerpo sin vida de Santiago aparece en el río Chubut, en un lugar varias veces explorado, a escasos quinientos metros de donde se produjo la represión… río arriba. Para los medios Santiago se ahogó y punto. Siempre estuvo allí y no hay más nada que preguntar. Ni siquiera el detalle de que tendría que haberse desplazado contra la corriente, aún sin saber nadar.

Ejemplo III, 4 de julio de 2020. Fabián Gutiérrez, ex secretario de Cristina Fernández y arrepentido en la causa de las fotocopias de los cuadernos, aparece asesinado. Hay cuatro detenidos, uno de ellos confiesa. El hecho tiene todos los elementos propios del crimen de odio por motivos personales: el arma blanca, la improvisación e impericia de los autores, la diferencia de edad y clase social entre víctima y victimario. Sin embargo, Fabián Gutiérrez ya empezó a correr la misma suerte que Nisman (“lo mataron”) y Santiago (“se ahogó”): la utilización política de su muerte a partir de la tergiversación y omisión malintencionada de hechos.

Lo más trascendente que había hecho Gutiérrez a nivel judicial fue, como testigo de otra causa, desbaratar un relato de José López sobre el origen de sus célebres bolsos. La causa de las fotocopias, recordemos, fue un festival de extorsiones a los detenidos arbitrariamente, para que imputaran a CFK en sus declaraciones a cambio de recobrar su libertad, pero sin una sola prueba material. No vale lo mismo una confesión que una prueba, mucho menos una confesión obtenida con presiones y apremios. 

La causa de las fotocopias (los cuadernos se quemaron, de manera que nunca pudieron ser peritados), fue un mamarracho de punta a punta, pero habrá que prepararse para convivir con una y mil versiones que asociaran la muerte de Gutiérrez con aquel episodio.

¿Por qué? Porque se puede, porque garpa. Porque cuentan con una maquinaria aceitada y poderosa para hacerlo. Pero también, tal vez esta sea la mayor diferencia, porque saben cómo.

¿Cómo? Omitiendo hechos centrales, generando dudas y sospechas. Desde la falacia de apelación a la ignorancia -“no sabemos cómo se relaciona su muerte con su declaración, pero…”- hasta las falsas denuncias basadas en anónimos y otros cuentos infantiles.

La naturaleza del fenómeno zombie. Mientras que la sociedad de 1990 o 2000 producía una cantidad finita de información, la de 2020 produce un volumen tal que nadie puede consumirla toda. De un océano posible, seleccionamos algunas gotas, de manera a veces consciente y otras no tanto. Los criterios que utilizamos en esa selección nos colocan en una u otra “comunidad de sentido”. Es decir, formamos parte de grupos, dentro de los cuáles hay determinados verosímiles, vinculados a nuestra ideología, formación, valores, etc. Por eso hay gente que aún hoy cree que a Nisman lo mataron y Santiago se ahogó. Probablemente nunca haya escuchado las circunstancias reales de ambos casos. O, peor aún, probablemente seguirían sin creerlo aunque tuvieran la evidencia frente a sí. Ciertas creencias se adhieren a nuestra identidad, al punto que no podemos perderlas sin sentirnos en riesgo de disolución.

Este ejemplo pertenece a un grupo bastante radicalizado, pero en otros grupos que no lo son tanto, los despolitizados o fluctuantes, el efecto final es una desconfianza generalizada, un hastío o una asimilación. El famoso “son todos iguales”.

Mientras los líderes y voceros de gobiernos y movimientos populares intentan debatir de manera seria y racional, sus antagonistas sacan ventaja en el lodo de la indignación y manipulación. Unos pelean con las reglas del boxeo olímpico, otros al estilo tumbero.

La naturalización de este tipo de estrategias requiere del silencio y la indiferencia de ciertos actores políticos. Si hay opositores racionales, deben manifestarse ahora. Y es probable que no lo hagan si no se los compele. Esa es la verdadera naturaleza del problema.

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