Carne sobre carne

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“¿Seríamos capaces de comer carne humana?” es la inevitable pregunta después de leer “Cadáver exquisito”, de Agustina Bazterrica. La respuesta es tan impresionante como la novela. Crueldad no nos falta.

 

“El futuro llegó hace rato”, cantaba el Indio hace ya treinta años. “Todo un palo” hacía una referencia, más o menos explícita, a las distopías, a lo que no salió como esperábamos. Lo que entonces parecía exagerado hoy se queda corto. En la segunda década del siglo veintiuno, sobra evidencia de que la única ley que funciona y no falla es la de Murphy. Todo lo que puede salir mal, efectivamente sale mal, premisa válida tanto para los sujetos individuales como para el colectivo mayor, la humanidad.

Los universos distópicos constituyen un subgénero de la ciencia ficción, muy cultivado durante la segunda mitad del siglo veinte, en un escenario de guerra fría, temor al autoritarismo y peligro nuclear. en esa tradición se inscribe Agustina Bazterrica, con su “Cadáver exquisito”, último Premio Clarín de Novela.

En su libro, se come carne humana. No de manera furtiva ni socialmente condenada. Se faenan personas, se estructura una industria capitalista del canibalismo en toda la regla. Uno avanza en la lectura y casi se acostumbra a la atmósfera de normalidad que propone la narradora.

Comer carne humana, nos muestra el protagonista de “Cadáver exquisito”, no nos deshumaniza, al contrario. Se puede comer carne humana, sufrir por amor, tener conflictos de pareja y llorar la pérdida de un hijo. Los mismos conflictos que cualquier persona con cualquier dieta.

El politólogo camerunés Achille Mbembé acuñó el concepto de “necropolítica”: el neoliberalismo ya no necesita matar a sus enemigos, simplemente deja morir a aquellos sujetos excluidos de la producción y el consumo. Agita entre los incluidos el fantasma de los excluidos para impedir cualquier solidaridad intra e inter clases.

Claro, la comparación entre un texto sociológico y uno literario es siempre forzada, tramposa. Uno crea escenarios y el otro intenta explicarlos, pero Bazterrica supera esa noción, su texto es aún más audaz. ¿Por qué excluirlos si se los puede incluir como mercancía? Si pueden ser rentables, aunque sea como conserva o carne de segunda? De paso se atacan también los problemas de superpoblación y hambruna. La creación de un mundo con sus propias reglas y coherencia es, como ejercicio literario, un desafío más que interesante, que “Cadáver exquisito” supera holgadamente.

Existen obras del mismo género  igual de contindentes, pero que abordan escenarios más verosímiles. En “Las torres del olvido”, por ejemplo, George Turner crea un mundo de dos casta; los supras, incluidos en el sistema, y los desempleados infra, que sobreviven hascinados en las peores condiciones… y componen el noventa por ciento restante. El castigo del capitalismo es sólo una parte. También sufren el cambio climático: la temperatura sube, el agua también y sus viviendas –como sus vidas- van quedando sumergidas. Pero ese libro es tema de otra nota.

 

 

 

 

 

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