Cosas de osados

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Siguen las anécdotas sobre Néstor. En esta, Rodolfo Parisi demuestra que no es sólo un gran artista plástico. También sabe narrar.

¿Quién es Parisi?-, preguntó el Presidente.
Al escuchar mi nombre, el Canciller sintió lo mismo que si hubiera tocado un cable pelado. Miró detenidamente a su interlocutor, su jefe. Tenía ya el primer botón desabrochado y el nudo de la corbata flojo… y todavía no eran las nueve de la mañana. Él, en cambio, lucía siempre atildado. Por sus obligaciones, pero también por elección personal.

-Labura con vos-, dijo el Presidente y el Canciller afirmó con la cabeza. -Entonces es tuyo.

Pero el tono del Presidente seguía siendo neutro. No dejaba escapar ni una pizca de emoción y el Canciller no lograba sacarle la ficha: ¿qué cagada se había mandado esta vez el gordo chanta?Porque no se imaginaba al Presidente transmitiendo una felicitación para su colaborador.  Al menos, no para ese. No para mí. La tensión le impedía probar el café.

Al cabo de unos segundos eternos, el Canciller rompió el silencio.
-Parisi es… es… un loco… un loco lindo.
-Espero conocerlo algún día-, dijo Néstor, y le mostró a Rafa una copia del afiche con que Los Osados, la agrupación   que yo conducía entonces, había empapelado el microcentro.

Poco después, Rafa dejó su lugar a Jorge Taiana y yo renuncié en el acto, para que el ministro entrante eligiera colaboradores de su confianza, porque así me educaron. La posibilidad de conocer al presidente se disipó en el aire, pero me reconforta saber que se interesó por mi, justamente, cuando más me la jugué,  sin especulaciones. Como él predicaba.

Era 2005. Néstor estaba decidido a transformar la Argentina y sabía que, para eso, cada minuto de su mandato era oro. Iba a fondo, no le importaba molestar ni ofender a quien fuera necesario, si con eso avanzaba hacia alguna de nuestras tres banderas. Esa manera de vivir y entender la política lo llevó a chocar con Duhalde. En esta ocasión, ni recuerdo por qué.

Lo que recuerdo vivamente es que me quemaban las tripas. Quería salir a defenderlo. Fajarme con quiera él me mandara, putear al que interfiriera en su -nuestro- camino. Fui orgulloso soldado del pinguino. Busqué la frase de Perón que mejor nos representara en ese momento, un amigo diseñador y otro imprentero. Puse los humildes morlacos de los que disponía, con la idea de bancar, aunque fuera con unos pocos afiches.

Pero mis amigos se entusiasmaron. Al imprentero le gustó el afiche, pero sobre todo la idea de bancar a Néstor, y el nombre de la agrupación: Los Osados. Entonces imprimió el doble de lo que yo podía pagar. Mi amigo Isidro, que con su F100 conformaba mi único comando de pegatina, decidió poner también de sí: gasoil, engrudo y horas de trabajo. Lo que iba a ser una travesura, algo simbólico, terminó ocupando todas las avenidas y principales ubicaciones de micro y macrocentro. Hasta llegar al escritorio del compañero presidente.

Años después, fui a visitarlo al mausoleo de Santa Cruz, pero esa es otra historia. Hoy me quedo con esto: funcionario, a veces. Militante siempre. Así era Néstor. Pero además, a los osados como él,a los de su palo, los olía a la distancia.

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