Crónicas de un piletero clasista y combativo

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“Piletas” (Editorial Excursiones) es lo más reciente de Félix Bruzzone. El libro recopila sus posteos de Facebook del último par de años, donde con una mirada cínica y mordaz reflexiona sobre el oficio de piletero con el que se gana la vida… y sobre  los dueños de las piletas que mantiene, sus gestos, gustos y marcas de clase.

Bruzzone no puede dejar de ser ninguna de las dos cosas. Es el escritor piletero y el piletero escritor. El escritor piletero en el mundillo de las letras porteñas contemporáneas. El piletero escritor en los countries de la zona norte. En ambos casos, el rasgo lo vuelve único. Buena parte del mérito consiste en explorar y aprovechar ese rasgo para aportar un texto ágil y punzante. El antecedente era favorable: ya había hecho literatura con piletas en “Barrefondo”, un policial ambientado en el conurbano, con un fondo de rock chabón entremezclado con cumbia. Pero esta vez se pasa.

Son tiempos de discurso individualista y fantasías enlatadas, de “pobres de derecha”, para resumir, y de apología de la cerveza artesanal. Entonces, podríamos asistir perfectamente al discurso de un piletero entrepreneur, competitivo, ambicioso, preocupado por destacarse de la competencia y ser el más eficiente o el más obsecuente de su rubro. Pero no, Félix es todo lo contrario.

En “Piletas” Félix nos recuerda que la literatura es un campo de poder, es un campo en el que el poder se invierte, ideal para practicar el arte de la venganza. Y lo hace con mano pesada. “Piletas” desnuda arbitrariedades, fobias y miserias de la clase que lo emplea -en negro, por supuesto, cuanto más precario mejor-. El piletero parece invisible, porque esa actitud camaleónica es la que le permite observar lo que luego escribe.

En sus páginas, como antes en sus redes sociales, se invierte la asimetría. A lo largo de estas crónicas, el pequeño burgués, el acomodado habitante de la casa con pileta se vuelve indefenso ante la pluma mordaz, ácida e impiadosa de Félix. El piletero no pierde su conciencia de clase -más bien todo lo contrario- porque un día de cuarenta grados le acerquen un vaso de coca sin gas. Y el vulnerable trabajador manual, sin aguinaldo ni obra social, de manos ajadas por el cloro, se convierte en un demiurgo todopoderoso, capaz de exhibir la intimidad del otro lado del ventanal de vidrio, allí donde, intuye, zumba apenas un aire acondicionado que invita a la siesta.

Esa, la mirada clasista, es la primera y más visible virtud de  “Piletas”. La otra es también una reivindicación gremial: no todos los escritores somos bichos de biblioteca, ni somos del todo inútiles cuando se trata de asuntos manuales e inteligencia práctica. Parece menor pero no lo es en absoluto. No es posible escribir algo como “Piletas” desde otro registro que el autobiográfico.

Después de “Piletas”, las relaciones entre los habitantes de los countries y barrios privados y su personal de servicio no serán iguales (en el supuesto de que lo lean, claro). Ahora se saben expuestos a esa escalada terrorista que empieza, como una reparación, por mear la pileta.

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