El hijo de la patria contratista escupe al cielo

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La política, aquí y en cualquier confín de la galaxia, hoy, ayer y hace un siglo, la financian los proveedores del Estado. Es sabido que lo público y lo privado se consorcian de una manera tan poco transparente e inexplicable como eficiente. Por eso sólo se habla de ello excepcionalmente. La norma es el “siga, siga”.

Lo sabe cualquiera con un mínimo recorrido en la política, el periodismo o las grandes empresas. La sabe el presidente, porque está de los dos lados del mostrador, y porque se lo enseñó su padre, que hizo fortuna de esa manera. Pero una cosa es suponer que eso ocurre y otra alentar una caza de brujas sin más elementos que unas fotocopias y el testimonio del primo presidencial y dos de sus empleados.

La jugada se parece sospechosamente a las de nuestro vecino Brasil y Bonadío se siente Moro. Recordemos que Lula permanece encarcelado porque los jueces no encontraron pruebas de que el famoso departamento de Guarujá le perteneciera, pero tienen la convicción. Un elemento clave, tanto de aquella trama como de la que se insinúa acá es la figura del “arrepentido”, pomposo nombre con el que ahora se denomina al viejo y conocido buche o a cualquiera que ofrezca su colaboración, tenga o no que ver con el tema en cuestión, a cambio de favores económicos o jurídicos.

No vamos a detenernos aquí en la dudosa calidad de la operación -cosa que otros han hecho ya antes y mejor- sino en sus potenciales consecuencias. Cuesta predecir dónde y cómo termina la farsa de los cuadernos Gloria. Abrir la caja de Pandora, jugarse entero a una carta no son sino gestos visibles de desesperación, en la necesidad de distraer de la realidad e impedir la pesadilla que asoma en el creciente descontento popular y la incipiente unificación del peronismo.

El poder judicial -o al menos el fuero federal- es siempre oficialista. Macri, cuya continuidad no está garantizada ni mucho menos, no debería soslayar ese dato. Las encuestas dicen que difícilmente un cambiemista habite Balcarce 50 después del 2019. Los datos económicos agregan que hasta entonces falta una eternidad. Sus consiglieris hacen mal en sugerirle actuar como si fuera eterno -va de retro, populismo- en vez de empezar a trabajar en lo que la realidad le impondrá más temprano que tarde: una retirada ya no prolija, sino mínimamente decorosa.

Hace ya tiempo que el festival de prisiones preventivas selectivas amenaza las cabezas oficiales como un búmeran. La operación Gloria sólo duplica ese peligro. El poder dura cuatro años. Las explicaciones sobre cómo se ejerció pueden extenderse toda la vida. Pensemos qué no podrán hacer los jueces en la proxima etapa, con funcionarios tan amateurs que ordenan inflar presupuestos con audios de watsap.

Los operadores judiciales y mediáticos del gobierno, en su guerra santa, no miden consecuencias ni reparan en daños institucionales, a pesar de ser los de mayores chances de salir de la batalla con alguna esquirla en el lomo.

La audacia y la desesperación se parecen a primera vista, pero no son lo mismo. En la audacia suele haber un cálculo probabilístico -exagerado, optimista en exceso pero cálculo al fin-. En la desesperación, no. Por eso no hay que descartar un intento de detención de CFK, cuando cualquier analista político serio lo desaconsejaría.

Como se dijo anteriormente en esta misma columna, las diferencias sustanciales no están entre Lula y Cristina sino entre sus pueblos. Lula, que sacó a millones de la pobreza, fue acompañado en los días previos a su detención por unas discretas diez o doce mil personas. La Argentina tiene, en cambio, una tradición de movilización popular y lealtad a sus líderes, por lo menos desde 1945. La pregunta que flota en el aire es si esa hipotética detención causará un contundente pero pacífico 17 de octubre, un 20 de diciembre, algo intermedio o algo aún más cruento. Como dice el compañero Guillermo Moreno, “los radicales matan con culpa, los oligarcas matan con placer”.

 

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