El superperiodista que teme más a los trolls que a la muerte

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Jon Lee Anderson pasó recientemente por Buenos Aires y dejó alborotado el micromundo de la prensa y los medios de comunicación. No es habitual ver a los periodistas más serios y adustos comportarse como cholulos en la puerta de “Ideas del sur”. Y, sin embargo, John Lee lo hizo.

 

Tal vez porque es el más experimentado de los corresponsales de guerra contemporáneos, porque estuvo en las zonas más calientes de Medio Oriente, los Balcanes o Centroamérica. O porque escribió la biografía del Ché y prepara las de Fidel Castro y Nicolás Maduro. O porque entrevistó más de una vez a Pinochet, a quien considera el “menor” de los grandes dictadores, a los que alinea, como en una mamushka: Hitler, Mussolini, Franco, Pinochet.

 

Jon Lee no teme a la muerte. Cuenta que con el tiempo termina por volverse una posibilidad cierta, una parte su oficio con la cual se aprende a convivir. En cambio, le preocupa estar durante demasiado tiempo expuesto a demasiada crueldad. “Tengo amigos que han visto cosas de las que no han podido volver”, afirma. Ese es el riesgo mayor. Si uno no vuelve a pasar unos meses a su hogar, a una zona de paz, a vivir una vida “normal”, se le puede “nublar el alma”. Y de eso, afirma, no hay retorno. Se rompe algo irreparable.

 

A Jon Lee le preocupa Trump. Le preocupa el daño que puede hacerle -y de hecho le hace- a la democracia estadounidense. “Desde que llegó a la Casa Blanca, convivimos con el riesgo de una crisis a cada minuto”. Frente a esto, los grandes periódicos, en especial el Washington Post y el New York Times, han adoptado una actitud militante. La sociedad civil parece acompañarlos. La reacción ha sido un aumento de las suscripciones como no se veía desde la llegada del periodismo digital. Lo cuenta con visible satisfacción.

 

La otra gran preocupación de Jon Lee son los trolls. Una reciente nota suya acerca del problema catalán no fue del agrado del gobierno central de Madrid. Un ejército de trolls se lo hizo notar de inmediato. Lo persiguieron en sus redes a toda hora durante semanas. Le cuesta imaginar una conducta más baja. “En mi infancia y en mi juventud, en el barrio, a veces resolvíamos cosas a las piñas. No tengo problemas con eso, si es necesario. Pero esto es otra cosa. Es vil, es cobarde, te desestabiliza psicológicamente”.

 

El comentario de Jon Lee, y su tiro por elevación a la administración Rajoy, evidencia que son muchos los gobiernos que, en tiempos de big data y social mining, echan  mano del recurso para disciplinar a sus críticos. Pero los trolls y los factores de poder que los contratan, son una parte -importante- del problema. La otra son los seres humanos reales, de carne y hueso, capaces de expresiones igual de miserables, en los que están inspirados los trolls. Aquello que José Pablo Feinmann llamó tempranamente “letrinet”: los comentarios de las publicaciones de los medios cargados de odio, prejuicios, xenofobia, racismo, etc. Existen y son muchos.

 

La mediación de la tecnología alienta la ilusión de la impunidad, de que todo puede ser dicho sin que genere consecuencias. En un terreno tan difícil de regular, sólo queda el recurso de la autorregulación: no postear ni comentar nada que uno no fuera a decir cara a cara. Todos tenemos algún temor, hasta Jon Lee. En su caso, a los trolls.

 

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