Emergencia, retenciones y conflicto: apuntes para la comunicación

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Dos emergencias. La “tierra arrasada” que recibe Alberto de sus antecesores neoliberales exige medidas inmediatas. Cuando hay hambre, epidemias evitables y dolores de toda clase, cada minuto perdido cuesta vidas humanas. Por eso el gobierno trabaja a destajo, para implementar las medidas más urgentes que reviertan, sino el ciclo recesivo de la economía, al menos el papel del estado.

Pero la emergencia es también política, porque el peligroso discurso del macrismo nos ha puesto al borde de la fractura social. Entonces, la comunicación no puede limitarse a su función informativa. Debe plantearse como objetivo la legitimación de las medidas en nombre del bien común. Surge la primera paradoja: las medidas económicas tienen un ritmo, las estrategias de legitimación parecen aún en construcción.

Lo discursivo. Lo más urgente es conjurar viejos fantasmas, repitiendo a propios y ajenos que no habrá otra 125 ni otro “conflicto con el campo”. Lo siguiente es revisar la narrativa. No existe tal cosa como “el campo”, salvo en nuestro discurso de la misma manera que nadie piensa la ciudad como un todo homogéneo. En ella conviven desocupados, cuentapropistas, profesionales, asalariados del sector público y privado, comerciantes, etc.

También “el campo” son infinidad de grupos, actividades, intereses y realidades distintas. Muchos de ellos, arruinados por la política económica del macrismo, son potenciales aliados. Repetir “el campo” es empujar al productor porcino o avícola que se fundió por pagar el forraje a precio dólar, a los brazos de la SRA, su histórico adversario. O al minifundista que no tiene facilidades para comprar el gasoil de precio liberado, del lado de Monsanto o Cargill.

Ocurre como con el “cepo al dólar”. Son narrativas ajenas a nosotros, impuestas por quienes defienden privilegios. No son neutrales. Aceptarlas es errar en la primera mano. Muchos productores agropecuarios coinciden en la necesidad de invertir el ciclo económico y aceptarían medidas en tal sentido. Claro, no son los más ruidosos, los más amenazantes ni los más mediáticos. Pero la política -y la comunicación, debe involucrarlos a ellos. Para los otros, existe el código penal.

Medio pelo urbano. Quejarse del rol de los medios a la hora de formar opinión, entrando en 2020, sería al menos naif. Ya sabemos qué esperar de ellos, más cuando miden fuerzas con un gobierno nuevo. La pregunta es qué haremos nosotros. A esta altura, deberíamos activar un dispositivo capaz de empardar esa influencia, capaz de empatizar, escuchar, resignificar y explicar la realidad y el sentido de las medidas a sus propios beneficiarios, para no reeditar el 2008. Es más fácil porque tenemos una experiencia exitosa reciente.

La campaña electoral fue modélica. Amplia, plural, coral, descentralizada en muchos aspectos. Lo inorgánico se organizó, generando una fortaleza que no estaba en los planes de los conservadores. Todo ese músculo militante está ahí, expectante, deseoso de defender a su gobierno. Ahora sabe cómo.

Habrá que apelar al sentido común, a lo que tenemos en común, a la necesidad de reconstruir la patria -el componente épico siempre seduce- empezando por alimentar a los que hoy no comen -es un tema de humanidad-, y recuperando también el valor antiinflacionario de las retenciones al desacoplar precios locales de internacionales. También nos asiste el argumento de la soberanía alimentaria: si el campo argentino alimenta a los pollos y cerdos de China, ¿quién alimentará a los hombres, mujeres y niños de Argentina?

La organización vence al tiempo. Lo sabíamos. Pero lo hemos comprobado nuevamente las organizaciones, militantes y dirigentes de la comunicación peronista. El sentido común no se disputa solo entre tapas de diarios y noticieros centrales. Se disputa en conversaciones cotidianas, en la estación de tren, el descanso del trabajo o la cola del chino.

Claro que existe la tentación de responder que el aumento de retenciones “son dos pizzas” o que si no les cierran los números “se pongan una cervecería”. Pero la ley del Talión discursiva es prepolítica (brinda alivio emocional pero no construye) y antipolítica (destruye los puentes que esforzadamente hemos reconstruido en los últimos años.

Guante de seda. Si aprendimos del pasado, este gobierno está obligado a ser implacable en las cuestiones de fondo y extremadamente amable en las de forma. Ayer nomás, defendimos un aumento de derechos de exportación como si fuera la reforma agraria. Hoy deberíamos presentar la reforma agraria en los estudios de televisión, con una sonrisa, como una medida de sentido común (“¿cómo sería hoy EEUU si el sur hubiera ganado la guerra?”).

Ocurre que el neoliberalismo ya expuso su fracaso, no sólo en Argentina sino en el mundo y particularmente entre nuestros vecinos. Pisamos suelo movedizo. No podemos abrir ninguna hendija al caos que nos rodea. Cada paso, para ser firme, debe contar con el máximo apoyo popular. Ese apoyo debe construirse, es una tarea de orfebrería. La única grieta posible hoy es con los psicópatas que desean enrarecer el clima, desestabilizar al gobierno. Del otro lado debemos estar todos los que aspiramos a vivir en paz, en democracia y sin hambre. He ahí un objetivo para la comunicación oficial.

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