Hubo un tiempo que fue hermoso

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En “Monzón, la biografía definitiva”, Carlos Irusta nos devuelve a la época de esplendor del boxeo argentino, cuando teníamos un invencible campeón de los medianos y nuestros boxeadores salían a competir de igual a igual a cualquier lugar del mundo.

 

Hubo un tiempo en que el boxeo argentino fue pasión de multitudes. El Luna Park se llenaba cada semana para ver púgiles de todos los pesos y de todas las provincias. Había muchos, pero el gran campeón era Carlos Monzón y el dueño del circo era Tito Lectoure, nuestro Don King criollo.

 

La televisión y la radio acompañaban, a distancia prudente. Las revistas salían en papel y la gente esperaba ansiosa su llegada a los kioscos. Entre ellas, ninguna como El Gráfico, donde se publicaban las notas de Carlos Irusta, cuya biografía de Monzón nos retrotrae a ese mundo, a ese esplendor, ya difícil de creer para los que no tuvimos la edad para presenciarlo.

 

Irusta describe, no idolatra ni condena. No adjetiva demás. Muestra, como en un documental, para que el lector saque conclusiones, la parábola completa, desde el barro de la infancia hasta el accidente mortal en la ruta.

 

Su libro también le hace justicia a Brusa, el hombre que fue capaz de reconocer al diamante en bruto y convertirlo en una máquina boxística perfecta. Así como hizo falta un Bilardo para alcanzar la mejor versión de Maradona, hizo falta un “Don Amilcar” para lograr el famoso récord de defensas del título, que tres décadas después rompió el Huracán Narváez. El público tardó en aceptar al campeón porque su boxeo no era vistoso sino todo lo contrario, casi amarrete. Ni a él ni a su técnico les importó. No se puede conformar a todos. Aceptar eso también es meritorio.

 

Como tantos boxeadores, Monzón había acumulado cierta furia interior a lo largo de una infancia dura, llena de privaciones y sufrimiento. Ese insumo fue clave para llegar a la cima, lo ayudó a pelear, le dio determinación. El problema surge después del retiro, cuando ya no hay que boxear, no hay que cuidarse ni ir al gimnasio, pero el fuego y la furia siguen ahí.

 

¿Qué hace un boxeador con sus largos días, con sus horas vacías, cuando ya no tiene que hacer lo único que sabe, aquello a lo que le dedicó su vida? ¿Qué le ofrece el mundo a un tipo que durante diez o quince años lo entretuvo arriba del ring, cuando su estrella se apaga? Detrás de esas preguntas está la clave del drama de Monzón y de tantos otros, célebres o anónimos. Lo mismo hoy, que en el box mandan Space, Fox, Youtube y Google y adherimos a la campaña  “Ni una menos” que ayer, que se podía andar en un Torino sin cinturón de seguridad y fumar en los restaurantes y un femicidio era un “confuso episodio”, ese mundo pasado al que Irusta generosamente nos permite asomarnos.

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