La salud mental de los anticuarentena

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El concepto psicoanalítico de “desmentida”, la responsabilidad sobre las consecuencias de los propios actos y el peligro de la política de la negación. ¿Troskos de derecha?

Viernes 14, anuncios en Olivos. El Presidente insiste en que no hay cuidado más certero que el aislamiento, pero su tono ya no es el del líder -el hombre del destino-, sino el de un padre cansado de lidiar con sus hijos adolescentes. 

El Jefe de Gobierno de la ciudad habla de un “amesetamiento muy alto” para evitar la palabra “pico”, pero anuncia más aperturas que restricciones.  ¿Incoherencia, especulación, temor o todo junto? 

Un periodista pregunta por la marcha o banderazo del lunes 17 en defensa -cuándo no- de la república y la libertad, que con estos números suena a suicidio colectivo. Larreta, visiblemente incómodo, se despega de la iniciativa pero no la condena ni mucho menos. ¿Ganaron los anticuarentena, acertadamente definidos como “terraplanistas de la política”?

A los peronistas nos apasiona bucear en la historia, trazar paralelos, continuidades, comparaciones, causas y consecuencias.  Es la pasión que nos lleva a establecer una línea de puntos que va de “viva el cáncer” a “viva el Covid”, de los grafitis y los brindis con champagne de las familias pudientes de ayer a los puños apretados en cámara y la incitación a salir a la calle de hoy. Pero la comparación se queda corta. Veamos.

Celebrar el cáncer o la muerte de un adversario político -aunque para ellos siempre fuimos enemigos- es moral y humanamente repudiable, pero inocuo en términos sanitarios. El Covid, a diferencia del cáncer, es extremadamente contagioso. ¿no lo saben quienes militan contra la ya abatida cuarentena? ¿O lo saben y no les importa?

Alejandro Dagfal es psicoanalista, docente de la UNLP y profesor visitante de varias universidades en distintos países. “La desmentida”, sostiene, “es un mecanismo de defensa ante la angustia. Ese proceso defensivo no implica una anulación de la percepción (cosa que implicaría un rechazo psicótico), sino más bien una acción sumamente enérgica para mantener renegada una percepción traumatizante para el yo. La desmentida de una percepción no implica la pérdida de esa percepción. Por lo tanto, la definición de desmentida no pasa por el rechazo de una percepción del mundo exterior, sino por el rechazo de las consecuencias que dicha percepción provoca sobre una creencia previa que se quiere mantener”. 

Siguiendo esta definición, no se trata de que no sepan que el Covid es contagioso, que no hay alternativa mejor que restringir la circulación, que las Unidades de Terapia Intensiva del AMBA están saturadas y que la irresponsabilidad personal y colectiva sólo contribuye a aumentar el desastre. Se trata más bien de una creencia infantil del tipo “yo no voy a contagiar a nadie”. Yo es la palabra clave.

“Esto da origen a una paradójica coexistencia de una antigua creencia con un saber que ha venido a anularla. Este saber subsiste, pero sus consecuencias son desmentidas. De dicha coexistencia de dos vías opuestas se llega a la noción de escisión del yo. La desmentida es una defensa fallida, solo logra a medias su objetivo. Generalmente suele expresarse en el lenguaje bajo la fórmula privilegiada del “ya lo sé,… pero aún así…”, amplía Dagfal.

Los anticuarentena no aspiran a refutar ningún argumento con datos duros ni cambiarán de posición por algo tan racional como un argumento. Por eso carece de sentido discutir con ellos. Se aferran a su derecho individual: a circular, al goce, a una vida normal… O a huir de aquello que los altera, los angustia y los obliga a enfrentarse consigo mismos. Por eso toman cerveza en un bar o se citan en el obelisco. 

Minorías intensas como esta hay en todo el mundo, no son patrimonio argentino. La particularidad argentina es que aquí se construyó un proyecto político a partir de ellos. La mayoría de los asistentes al banderazo está convencida de que “la chorra tiene dos PBI enterrados en la patagonia”, por nombrar apenas uno de tantos lugares comunes, y sigue sin poder asimilar ni asumir el estrepitoso derrumbe del proyecto macrista. Por eso insistirán con el mismo proyecto la misma monserga, sea en cabeza de Macri, Larreta o cualquier otro, como el niño que trata de encastrar la pieza cuadrada en el hueco redondo de su juego. 

Si volviera el neoliberalismo a gobernar Argentina y volviera a fracasar, como siempre ocurre, encontrarán una excusa, un culpable o chivo expiatorio, lo que sea para no enfrentar su correspondiente responsabilidad en el desastre. Es en algún punto comprensible la resignación presidencial. Poco puede hacerse desde la política frente a tanta irracionalidad. Pero no hay explicación para lo que podría hacerse y no se hace. En la CABA el poder de policía es de Larreta. Alberto no puede dispersar la muchedumbre, pero sí puede dejar de sentar a su lado a quién debería hacerlo y no lo hace. 

Si el sistema de salud porteño finalmente colapsa, ¿a qué cuenta le cargarán los muertos los principales medios? No hace falta ser un genio para responder. ¿Hasta dónde y cuándo hará su juego libremente Larreta? ¿Se ha convertido el ala Macri Bullrich del Pro en una especie de troskos de derecha, convencidos de que cuanto peor mejor?

Menos preocupante que la libertad de reunirse y peticionar en el distrito más infectado del país, es que no podamos articular una vacuna contra el odio: un discurso simple, corto y efectivo que nos recuerde que la vida y la muerte están en parte, tal vez como nunca antes, en nuestras manos. Un discurso vacuna pensado no para los que defendemos la vida ni para los negadores seriales, sino para los que conservan cierto grado de responsabilidad… todavía.

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