Lawfare en descomposición

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El macrismo se nutrió y se nutre de lúmpenes. Siempre lo supimos pero fuimos incapaces de comunicarlo con eficiencia. Stornelli y Dalessio ahora lo hacen por nosotros

Hace cuatro décadas, el plan de exterminio de la dictadura dotó a personajes intermedios de una impensada cuota de poder e impunidad, sobre la vida, los bienes y la libertad de los argentinos. El objetivo central era político, pero estos sujetos rápidamente vieron la posibilidad de usar ese poder en beneficio propio, para venganzas personales, enriquecimiento, etc.

El caso Stornelli Dalessio demuestra que las cosas no cambiaron tanto: las doctrinas de impunidad provocan una generalizada sensación de impunidad. Aunque, a la luz de los discursos hoy dominantes, fiscal y valijero podrían considerarse dos exitosos emprendedores.

Lawfare y dictaduras tienen en común el sello de la diplomacia y la inteligencia estadounidenses. Según Marx, la historia se repite primero como tragedia y luego como comedia. No es que haya mucho de qué reírse -presos políticos, peligro de fraude electoral, manipulación obscena de la agenda-, pero el último producto yankee de exportación parece destinado a durar bastante menos que su antecesor. Al menos, ya necesita pasar por boxes.

 

Con la economía real en picada y la posibilidad de inyectar fondos vetada por nuestro tutor, el FMI, al gobierno le quedaban dos cartas para jugar en la campaña, la seguridad y la lucha anticorrupción, preocupaciones muy menores para la mayoría de la población. En eso estábamos, y parió Stornelli.

 

El fiscal del intento de adopción irregular tiene un colaborador al menos polémico, un viejo personaje de los barrios bajos de la política, la justicia y la inteligencia. Los medios destacan a su tío, el escribano general de la nación, pero minimizan a papá Eduardo, dueño y fundador de Dalessio Irol, la consultora que provee estudios y sondeos de opinión a Clarín desde hace más de un cuarto de siglo.

 

La innovación que nos trae Dalessio respecto de los innumerables escándalos anteriores del Pro, casi todos bajo la forma de puerta giratoria, incumplimiento de los deberes de funcionario, licitaciones para amigos o manejo de información reservada, es su simpleza, su literalidad. Su carácter visual. Hay bolsos y billetes, como en las mejores producciones de Durán Barba.

 

Los delitos de guante blanco, la evasión, la fuga  la acumulación off shore están relativamente a salvo del votante independiente promedio. Son demasiado abstractos, complejos, lejanos. Su comprensión requiere un tiempo y atención que mejor emplear en otra cosa. Lo de Dalessio y Stornelli es de fácil digestión, accesible para cualquiera, además de estar profusamente documentado.

 

A falta de anchos, el gobierno se jugaba a un dos o un tres, como mucho. Acaba de quemar su mejor carta. Es un punto de inflexión, sin duda, pero queda mucho por ver. Primero, qué harán los funcionarios judiciales con esto. Si hay tipos que llevan tres meses en cana por una delación bajo presión, sin prueba material que la sostenga, ¿qué hacemos entonces con Stornelli? Segundo, hasta los periodistas más pautadependientes empiezan a preguntarse qué harán después de octubre. Ser oficialista cierra cada vez menos, es un negocio de muy corto plazo. El sólo hecho de comprometerse con la verdad, como lo demuestra el excelente libro de Pablo Duggan sobre Nisman, les reconfigura el sistema de alianzas.

 

Por último, cómo jugará la oposición esta ventaja, si es que lo hace. Hay que decidirse a hacerlo y luego saber cómo. Hace falta un relato, que proponga un futuro, que interpele y convoque a nivel emocional y que sea verosímil. Que no nos mientan más. Los mentirosos, afuera. Por ejemplo.

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