No fue cualquier 17…

Compartí en tus redes sociales:
Tweet about this on Twitter
Twitter
Share on LinkedIn
Linkedin
Share on Facebook
Facebook

Primeras horas de la noche del miércoles. Estoy en el asado del Día de la Lealtad de Nomeolvides -la originalidad, te la debo- sacando los primeros chorizos de la parrilla. Esa sencilla operación disipa al fín el mal humor que me agarré más temprano, cuando un embotellamiento a metros de la autopista a La Plata me impidió asistir al acto al que estaba invitado. Suena el teléfono. Es mi hijo mayor.

-¿Viste mi mensaje? Tenemos que resolver los regalos del día de la madre.
-No te llamo por eso, pa…
-…
-Estoy viendo el acto de Tucumán por tele-. Silencio espeso. -Pa, ¿qué tenemos que ver nosotros con Picheto o con Massa? ¿Para qué queremos la unidad con tipos que bancan a este gobierno?

El contenido de esa conversación permanecerá como secreto de familia, pero las reflexiones posteriores, creo, merecen ser compartidas.

Efecto Terminator. Fui chico en los ochenta. Vi muchas películas de acción. En una época, me sabía los diálogos de Terminator. A Terminator le tiraban con todo, lo veían en el piso, desmembrado, y lo creían vencido. Pero, de manera lenta pero persistente, los fragmentos se iban reuniendo y fundiendo. Primero los más chicos, luego esas unidades más grandes se fusionaban a la vez con otras. Terminator se paraba y volvía al combate. Elijo creer que los peronistas somos a la vez testigos y protagonistas de un proceso similar.

La unidad es una construcción cotidiana. Si los medios destacan tanto la cantidad de actos, es porque no pueden siquiera mencionar lo que los aterra: la reconstrucción está en marcha y es más fácil juntar tres o cuatro fragmentos que juntar diez o quince. Como cuando se resuelve un rompecabezas, cada pieza colocada facilita la colocación de las siguientes, porque reduce las opciones y la incertidumbre. Lo de Luján es una confirmación más. Habrá que acostumbrarse a ellas.

Primos lejanos. En todas las familias hay primos con los que tenemos mayor y menor afinidad. Pero a nadie se le ocurre que los que tienen menos onda con nosotros -y nosotros con ellos- deben ser expulsados de la familia o del cumple de la nonna. Podemos hacer amigos en el club, la escuela o la esquina con los que tengamos, en apariencia, más en común que con aquellos primos. Sólo en apariencia. Llevamos ya cuarenta y cuatro años de peronismo sin Perón. Nadie como él para administrar las tensiones entre las distintas partes del movimiento, es cierto, pero ya es hora de aprender a administrarlas entre nosotros, los mortales. El estado óptimo del peronismo incluye esa tensión: lo hace vital, transformador. Aspirar a resolver esa tensión implica escalarla para someter al otro. Esa escalada implica alianzas con elementos ajenos al movimiento, un error rayano en el fratricidio.

Los que llegamos al peronismo por la puerta del setentismo, podemos, eventualmente, tener grandes coincidencias con los progresistas en materia de libertades individuales. Puede también que nuestros consumos culturales y estilos de vida se parezcan a los de ellos, más que al peronismo de los trajes caros y los autos importados. ¿Pero es más importante Silvio Rodríguez que la soberanía política? ¿Pesa más Hosbawm que “El modelo argentino”? Entiendo que no. Que nuestras diferencias son de estilo, pero tenemos el mismo ADN: tres banderas históricas; patria sí, colonia no; tercera posición; mercado interno y una sensibilidad que se resume en que donde hay una necesidad nace un derecho. Por eso, si miramos detenidamente y hacemos a un lado los prejuicios, descubrimos más en común con esos peronismos provinciales católicos y de modales conservadores que con el Frente Amplio oriental o con el viejo PI de acá. Hay que aprender a convivir en tensión y no mucho más que eso.

Sin desprecios. Es casi un acto reflejo, un comprensible despecho. Los compañeros que no compartieron la deriva progresista de los años finales del ciclo anterior, culpan a los progresistas del actual estado de cosas. Vale recordar que para construir el Laborismo, que luego devino en Justicialismo, Perón no contaba con peronistas, porque el suyo era un fenómeno nuevo. Debió entonces valerse de dirigentes y cuadros provenientes de distintas tradiciones. Radicales, socialistas, comunistas, hasta anarquistas, conformaron la materia prima de aquel glorioso peronismo.

Bien, ¿qué es mejor? ¿despreciar a los progresistas por su matriz liberal y no nacional? ¿O peronizarlos? Conducir, recordemos, es persuadir. Persuadir es predicar. Yo puedo dar fe de nuestro modesto experimento. Muchos valiosísimos compañeros llegaron a Nomeolvides como progresistas. Ya no lo son.

Compartí en tus redes sociales:
Tweet about this on Twitter
Twitter
Share on LinkedIn
Linkedin
Share on Facebook
Facebook