Que Thomas Piketty diga si es kirchnerista

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En “Ciudadanos, a las urnas” (Siglo Veintiuno Editores), una recopilación de artículos periodísticos de los últimos tres años, insiste con el mismo concepto de sus obras anteriores: la creciente desigualdad y concentración de la riqueza degrada la democracia. Plutocracia no es democracia.

El economista francés es probablemente el más serio y exhaustivo economista político de estos tiempos. En este trabajo se aprecia la coherencia de sus textos y su insistencia casi obsesiva con algunas cuestiones. Piketty divide su libro en tres grandes capítulos –Francia, Europa y el mundo-, pero su eurocentrismo, en este caso, es una virtud.

¿Por qué? Porque nos recuerda la dimensión global de la ola conservadora que padecemos. Nos demuestra hasta qué punto los intentos de enfrentar la opacidad del sistema financiero mundial –incluyendo más de una mención a Panamá Papers- y la obscenidad de su flujo libre de impuestos es imposible desde la pequeñez e impotencia de los estados nacionales. Por ese motivo, avisa a los nostálgicos, el Estado de Bienestar, como lo conocimos en el siglo veinte, ya no volverá.

Piketty es, en política, un cosmopolita, un promotor de la integración y un pragmático a la vez. Cree en el valor positivo de la inmigración y cuestiona la responsabilidad europea en la creciente inestabilidad de Medio Oriente. Pero claro, una Europa que arrastra casi una década de recesión no es el destino más tentador.

Semana a semana durante tres años, analiza una y otra vez la paupérrima respuesta de la zona euro a la crisis global de 2008 y la necesidad de acuerdos políticos supranacionales para evitar la “salida por derecha” al fracaso de Europa, anticipando hechos tales como el Brexit o la victoria de Trump.

Cuestiona severamente los acuerdos fiscales, la obsesión por el déficit y la actitud impiadosa de Francia y Alemania con Grecia y Portugal. Recuerda que la Europa de posguerra se construyó sobre la base de grandes condonaciones de deuda pública y altos niveles de déficit, que posibilitaron inversiones en infraestructura, salud y educación. Lamenta que las –cansadas- locomotoras europeas hayan olvidado la lección de historia.

Sostiene que, mientras EEUU, que exportó la crisis de las subprime al resto del mundo salió de ella más temprano que tarde, gracias a cierta heterodoxia, Europa permanece condenada por la tecnocracia y la falta de iniciativa política. Enfocarse en el déficit, recortar prestaciones sociales y promover reformas a favor de los empleadores es aumentar aún más la desigualdad, lo que equivale, y esta es su preocupación central, el suicidio de Europa.

En fin, una apología del populismo.

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