¿Son separatistas los tahonenses?

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Estamos en el 2018 de la era cristiana. La restauración conservadora, iniciada pocos años atrás, domina ya todo el continente sudamericano. ¿Todo? No, no todo.

En la punta norte de la bahía de Samborombón, cerca del Río de la Plata, una pequeña aldea resiste los ataques del virus neoliberal. Los hay minifundistas, okupas, gauchos, bohemios, borrachines con veleidades artísticas, guardaparques, boxeadores, vagos y malentretenidos. La pócima mágica que permite que aún se respire humanidad en Las Tahonas, ese puntito apenas visible en el mapa, es uno de los secretos mejor guardados del planeta, desvelo de servicios de inteligencia y entidades patronales ruralistas. Las Tahonas, pasen y vean.

Hasta hace algunas décadas, cuando el tren todavía pasaba y se detenía en la estación del mismo nombre, el paraje fue refugio de rusos y ucranianos, que plantaron peras y manzanas, que platenses, porteños y argentinos de todos lados comieron sin preguntar. Pero los hijos de los gringos prefirieron la universidad a la chacra, el tren dejó de pasar y de la economía no hace falta hablar. La “pequeña Kiev” sucumbió y durante unos veinte o veintipico de años, la potencia de la naturaleza fue barriendo las huellas del paso del hombre por el lugar: se agrietaron paredes, se cayeron techos, se oxidaron alambrados, pastos y malezas ahogaron los cultivos.

El pago permaneció semidesierto hasta que, atraídos por las vueltas de un misterioso hilo histórico, una docena de personajes, con nexos previos que ellos mismos desconocían, se reunieron por un designio superior: no tanto para crear una nueva civilización sino evitar golpearse con los escombros de la que se cae.

La proteína animal base de la dieta tahonense es… el jabalí. Dos veces al año, coincidiendo con los solsticios, abren las fronteras para recibir a amigos y benefactores en grandes celebraciones. Son orgías de carne, vino y cerveza, al cabo de las cuales intentan bailar con movimientos espasmódicos, a salvo de cámaras indiscretas, que requisan en el puesto de entrada. Para esas fechas, invariablemente, los jabalíes inician febriles gestiones con el ACNUR, hasta ahora sin suerte.

Pero lo que más llama la atención al visitante es el extraño culto tahonense. Adoran a los tractores que no andan. Forman círculos a su alrededor, con herramientas o sin ellas, en actitud de recogimiento. El observador infiere -se ve obligado a inferir, porque el lenguaje tahonense es rudimentario- que para el local, si un tractor se detiene, no se debe a una falla mecánica o, más común todavía por el carácter disperso del tahonense,  a un descuido en su mantenimiento. Se debe a un hecho mágico o, simplemente, a una manifestación de lo divino. Poco importa si la falla es menor -una batería descargada o una goma baja- o si el motor está pinchado. Pasará así una larga temporada.

El sacerdote de este culto recibe el nombre de “mecánico”, su infrecuente visita es un hecho de extraordinaria importancia y es homenajeado con abundantes cantidades de bebida. Cuando el tractor finalmente arranca, se lo considera como una nueva manifestación de lo divino, que obliga, claro, a una celebración más… y a una nueva postergación del trabajo.

Pocas cosas importan realmente a los tahonenses, al punto de postergar la siesta después de la habitual ingesta de vino y ponerlos a trabajar. En general, están vinculadas a su obsesión, la soberanía alimentaria. La huerta, el apiario, la chanchera, la manga. El tahonense hace dulce con las frutas de sus árboles, no para ahorrarse los cincuenta u ochenta mangos que vale un frasco en “La esquina de oro”, sino para hacerle un pito catalán más al sistema.  

Los tahonenses se reivindican peronistas y cuando están mamados cantan la marcha, pero el peronismo tradicional no se siente del todo cómodo con el estilo tahonense, más de decir primero y pensar después. El otro factor de conflicto es su desconfianza visceral hacia la metrópoli, Verónica.

Son, en algún aspecto, conservadores. Uno de ellos cambió su vieja máquina con motor dos tiempos por una de cuatro tiempos, pero insistió durante varios meses en alimentarlo con mezcla y no con nafta pura. La justificación inicial fue “siempre lo hice así”. Semanas después cambió a “mal no le va a hacer”. Abandonó la costumbre sólo al terminar su provisión de aceite. Ciertos comportamientos, en apariencia solidarios, son en realidad mero instinto de conservación. Para el tahonense, el trabajo es un enemigo de temer, y es por eso que prefieren enfrentarlo siempre en grupo, nunca a solas. Y si el tractor se clava, es una señal que para qué desconocer.

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