Zonceras y contrazonceras alrededor del paro nacional más contundente de los últimos años

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La medida de fuerza tomada en conjunto por todas las centrales obreras fue un éxito. Los días siguientes sobreviene la disputa por la interpretación del hecho que se instalará en la sociedad. Por eso es conveniente analizar las declaraciones, tanto de dirigentes gremiales como de ministros, cuyo guionista no parece haberse esforzado demasiado (¿le habrán ofrecido también a él el 15%?).

Los triunviros, acicateados por Moyano y Yasky, pero sobre todo por la dura realidad de sus bases, parecen al fin haberse sacudido la modorra. Basta de chamuyo, dijeron, traducido al criollo. El diálogo no es un fin en sí mismo. Si nada se modifica, el diálogo es una puesta en escena. Una burla. El otro acierto fue hablarle al FMI, el verdadero antagonista, a quien el gobierno entregó la política económica, de factor de poder a factor de poder, evitando intermediarios y exponiendo, con sutileza, lo precario de la situación política. Veamos del otro lado…

¿Después del paro, qué? Si todo sigue igual… Falso. El paro deja en claro cuán impopular es el modelo económico actual. No todo sigue igual. Los perjudicados del macrismo, casi toda la sociedad, marcan un límite concreto y visible. Es la primera medida de este calibre y está lejos de ser la última. El gobierno ya no está solo ni cómodo. Haría bien en registrarlo.

Las calles desiertas y silenciosas son una señal tan contundente como la multitud cuando ocupa el espacio público. Acaso un poco más, porque no puede disimularse con planos cortos. La diversidad de reclamos, habitualmente parciales y fragmentados, se articula en una medida común. “Todo sigue igual” es una declaración casi esperable de parte de los funcionarios nacionales, habitualmente guionados por el experto en cinismo y lugares comunes, Durán Barba. Más grave sería que lo piensen realmente: reforzaría la otra hipótesis, la del creciente divorcio de la realidad.

El paro no resuelve los problemas de los argentinos. Falso. Detrás de cada conquista o derecho laboral hay una historia de luchas y medidas de fuerza. El paro no resuelve los problemas de los empleadores, hubiera sido una afirmación válida en otra etapa. En este caso, ni siquiera. El empresariado vinculado al mercado interno está tan preocupado como sus trabajadores. O un poco más.

A la vez, esta afirmación es parte de una línea discursiva a la que el gobierno es muy adicto: la de diluir su responsabilidad en un colectivo mayor, borrando las diferencias entre el poder ejecutivo y el conjunto de la sociedad. “Al país lo sacamos entre todos”, es otro ejemplo de ello. Es un recurso necesario cuando se tiene una tendencia natural a comentar la realidad más que a ocupar el centro del ring. Resolver los problemas es obligación del gobierno, que para eso fue votado, y no del movimiento obrero organizado. El paro es una luz de alerta en el tablero que, en un plano ideal, debería ser tomado como señal para revisar y corregir las medidas que hiciera falta.

El país sale adelante trabajando, no parando. Falso. Para parar, primero, hay que tener trabajo, un bien hoy escaso y amenazado. Los cada vez más frecuentes contactos entre CGT, CTA y movimientos sociales tienen que ver con eso, con un mecanismo de defensa conjunto de laburantes con y sin laburo  que no se vio ni en los noventa. La pérdida calculada por el día de paro es una limosna comparada con las divisas que se esfumaron del tesoro desde el comienzo de la corrida, allá por los últimos días de abril.

Trabajar el día del paro, en un contexto de creciente timba financiera, endeudamiento y apertura de importaciones, se parece mucho a la estrategia del avestruz o al síndrome de Estocolmo. La interpretación individualista o meritócrata de la realidad –”yo siempre tengo que trabajar, con el gobierno que sea”– es descendiente directa de la prédica sarmientina que algún día habrá que discutir.

 

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