Presupuesto: rodeado de caranchos, al gato le queda otra vida

El debate por el presupuesto presupuesto expuso que el sistema habitual de carancheo de las provincias sobre un ejecutivo nacional malherido, prevalece sobre el sentido común y las oscuras predicciones sobre la Argentina, que ya son generalizadas.

La semana pasada, el macrismo consiguió la media sanción de la HCDN para el presupuesto 2019, la señal que necesitaba mostrarle al FMI para destrabar el nuevo tramo del acuerdo. No lo hubiera logrado sin la ayuda de los diputados electos por el peronismo de varias provincias. En la Argentina de Cambiemos, el gobierno es como el chico que se pone la capa de Superman y salta desde el balcón del décimo piso, con la ilusión de volar y, mientras cae en picada, piensa, por ahora vamos bien. La novedad es que el mismo síndrome afecta a buena parte de los dirigentes opositores… y al propio FMI.

¿Tiene sentido ganar una partida de poker en la cubierta del Titanic? ¿Habrá dónde canjear esas fichas? ¿Habrá cuándo celebrar, con las fichas ya canjeadas y la guita en el bolsillo? Es muy probable que la respuesta a ambas preguntas sea negativa. Es muy probable también que, si se los consulta en privado, individualmente, los diputados que acompañaron el proyecto sean tan apocalípticos como quien suscribe estas líneas, tal vez un poco más. ¿Cómo se explica, entonces, semejante favor al oficialismo, que además de agravar el endeudamiento y maniatar aún más al próximo gobierno, sólo prolonga la agonía de este?

El sistema tiene su propia inercia, su propia dinámica. Se requieren hombres fuera de serie, dirigentes de verdad para detener los engranajes y hacerlos girar en sentido inverso. Tipos como Néstor Kirchner, por citar el último conocido. Los documentos desclasificados demuestran que a principios de los años sesenta, el Departamento de Estado estadounidense sabía que la guerra de Vietnam era imposible de ganar.   Aún así, el conflicto armado duró más de otra década, tres administraciones y causó miles de bajas.

Cobardía, mediocridad, indiferencia, todo eso mezclado. El ingrediente principal de este triste cóctel es el vuelo bajo, la mirada chiquita, la incapacidad para pensar y actuar de manera estratégica. Muchachos cuya mochila vino incompleta: les falta el bastón de mariscal. ¿Cómo llegaron estos muchachos incompletos a ocupar bancas en representación del movimiento popular más importante de América Latina? Esa es la pregunta profunda, la que debería disparar nuestros debates.

Cosechamos lo que sembramos, es la humilde hipótesis de este escriba. Los últimos años fueron prolíficos en premiar a los chupamedias, desconfiar de los que piensan por sí mismos y castigar o desterrar a los críticos. Si empujamos hacia arriba a los mediocres y hacia afuera a los que tienen madera de líderes, es más que esperable esta desbandada, este carancheo al macrismo herido, este sálvese quién pueda provincial.

El macrismo está agotado. Son las últimas piñas de un ahogado. Victorias pírricas. Caerá igual, sin duda, más pronto que tarde, porque no modificó ni una de las causas de esta crisis profunda. Bastará con que la Fed vuelva a subir la tasa, la OPEP suba el petróleo o el precio de la soja cambie la tendencia. Así de frágiles estamos, lo dice la prensa internacional, hasta el Financial Times, insospechado de populismo. Al contrario, es de esperar que profundice el ritmo de fuga y vaciamiento, porque después de este desembolso no habrá otro. Rapiña pura. El problema es que si cae antes de que se consolide una alternativa política con vocación de poder -cosa que no puede ocurrir por fuera del peronismo-, sobrevendrá la anomia, la degradación generalizada de la humanidad, tan bien escenificada en productos de ciencia ficción como The Walking Dead, Mad Max u otros similares.

Por último, más importante que nunca, necesitamos la unidad con esos sujetos.. Si los excluimos, sólo  lograremos empujarlos a los brazos del enemigo. Son están, existen, hacen política a pesar nuestro, aunque cerremos los ojos fuerte y deseemos que al abrirlos ya no estén. La apuesta es incluirlos, vencerlos en una interna y marcarles la línea. No parece muy complejo, tienen más vocación de obedecer que de conducir. Sólo hace falta volar más alto.

 

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