Crónicas del cruce III

    

Desde El Portillo, el camino es en bajada. El primer tramo, muy escarpado, después se hace gradualmente más suave hasta desembocar, bordeando un arroyo encajonado, en un mallín, un oasis verde que parece de otro planeta entre tanta aridez.

Ahí paramos para descansar y armar el campamento, en cuanto lleguen las mulas que vienen detrás nuestro con la carga. Leopoldo, que llegó con sus últimas fuerzas, se desparrama en el piso y cae dormido.

Desensillo, llevo mi caballo del cabestro y se lo entrego a Alejandro, otro de los gauchos, que tiene un parecido físico con Carlos pero no es familiar. Me sorprendo cuando le saca la cabezada a la alazana y la deja libre. Le pregunto por qué. La respuesta es simple. Van a ir a pastar a la primera superficie verde que encuentren. A la segunda, como mucho. Saben perfectamente a dónde ir a buscarlos.

Nos apuramos a armar las carpas mientras hay claridad. lo primero es meter dentro las mochilas, el peso impide que el viento se la lleve. Imposible enterrar una estaca, hay que atar los extremos a piedras pesadas, que acá sobran. Los recados hacen nuevamente de colchón y arriba tendemos las bolsas. Terminada la tarea, Leopoldo, medio zombie, se para, camina hasta la carpa y vuelve a echarse.

Cae el sol y corremos todos a buscar una o dos capas más de ropa. El resto del grupo también está demasiado cansado y se va a dormir sin cenar. Esa noche hay vacío asado bajo las estrellas, medio tomate para cada uno y un vaso de vino que paladeo lentamente. Pido la parte más roja, me dan el centro. Discutimos sobre el mejor punto de la carne, cómo la comemos nosotros y cómo los gringos. Los franceses, viva. Los yanquis, negra.

-Yo tengo sangre francesa-, aclaro, pero no saben si hablo en serio o los estoy jodiendo.

Leopoldo todavía duerme, ahora dentro de la carpa. Voy y vengo una o dos veces, intento despertarlo pero desisto. Si todo sale como espero, mañana,  junto con su habitual chocolatada, desayunará un vacíopan, recalentado junto a la pava. Será la señal de que el sueño lo recompuso completamente. Comparto la mesa con Juan, Alejandro y Carlos.

Escucho hablar sobre el refugio “Real de la Cruz”, que está muy cerca. Era público y libre, como la mayoría de los refugios de montaña, pero los militares tomaron el control y empezaron a cobrar por su uso, después a aumentar la tarifa y terminaron por cerrarlo al público. Hubo discusiones y tensiones por ese tema, hasta que los baqueanos se cansaron del maltrato y prefirieron acampar.  Me llama la atención lo que escucho. Un refugio en zona de frontera en un mojón, un elemento de construcción de soberanía. Pregunto cuándo empezaron esas prácticas. Hace tres años, responde Carlos.

Ya de sobremesa, noto que administran cuidadosamente un atado semivacío de Particulares 30. Muestro y pongo a disposición una cajetilla de Café Creme, la abro en el momento y arrojo el celofán a las brasas. El primero en vencer la timidez es Carlos. Pide permiso, enciende uno y aspira dos o tres caladas seguidas. Le gusta. Pregunta dónde se consigue.

Emprendemos la marcha a media mañana. Hubiera preferido salir antes, pero es un trayecto corto y sobra tiempo. Leopoldo se despertó radiante y ya no necesita de mi mirada atenta, pero conservo el reflejo de tenerlo siempre en mi campo visual. Para eso tengo que estar detrás de él y justo delante de Carlos, mi instructor en costumbres cuyanas.

-¿Ve las letras blancas sobre la piedra?-, me pregunta sin tutear y señala a lo lejos. Para ser cuarentón, tengo una vista privilegiada. Leo sin dificultad, “Real de la Cruz”. Asiento con la cabeza.

-Ese es el refugio del que hablamos anoche. Lo hizo Perón.

Sonrío al escuchar la mención. Carlos no me ve porque le doy la espalda.

-Claro, Perón vivió un año en Mendoza.

-En 1940, estuvo a cargo del Centro de Instrucción de Montaña.

Me detengo hasta tenerlo al lado, le sonrío y le hago la V. Me corresponde ambos gestos.

La coincidencia hace que este tipo, de por sí amable, gane confianza y se abra aún más. Me cuenta que en este mismo trayecto suele encontrar ciertos tesoros: puntas de flecha, fósiles marinos -hace millones de años acá estaba el océano- y los restos de una bayoneta. Hablamos de los hijos y la familia. Me dice que me ve bastante campero para porteño y le cuento de los pagos del Samborombón, de mi chacrita, La Marcelina, y de los caballos que tenemos, cuidamos y montamos. Para un peronista no hay nada mejor que otro peronista. También en la montaña.

El siguiente campamento se llama Mula Muerta y se divisa desde la altura. Tiene una tapera, una estructura de troncos revestida en chapa acanalada y una manguera de riego de plástico negro con una llave que trae agua desde el arroyo. Cinco estrellas.

 

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