Aprender de Neuquén

Una elección es primero una disputa por los votos. Luego, una disputa por la instalación de la lectura de los resultados. La primera es la más importante porque de ella dependen las cuotas de poder que se obtienen, pero la segunda no puede subestimarse ni abandonarse: tiene peso simbólico e incide en la opinión pública.

En el caso neuquino, quedó clarísimo que el gran ganador fue el MPN y el gran perdedor, Cambiemos. Pero la performance del peronismo unido dejó un sabor innecesariamente amargo, debido a la infundada ola triunfalista de los días anteriores. Habrá que ver si las encuestas fueron mal hechas, si alguien las infló deliberadamente o si en el último tramo parte del electorado de Cambiemos optó por un voto útil y netamente gorila para evitar la victoria de Ríoseco.

Si esto último fue lo que ocurrió, entonces la ideología antiperonista, en su versión más pura, está en modo cruzado medieval. Si ellos se perciben como “el bien absoluto” ( “la mafia del bien, diría Asís), entonces el peronismo es su contracara, el demonio, la perdición, el pecado, el infierno y todo lo que podamos agregar en esa línea.

Algo de esto ya se insinuó en el penoso discurso presidencial de apertura de sesiones. Sin salida de la crisis a la vista, con el trillado discurso anticorrupción malherido por el tándem D’Alessio- Stornelli- Santoro, al gobierno le queda apelar al “voto abnegado”. Se trata de una forma de pensamiento mágico, de raigambre muy pero muy cristiana. La idea del sufrimiento terrestre como condición necesaria para acceder al paraíso, la idea del sacrificio como camino hacia la salvación tienen un peso y una tradición importante en nuestra cultura y son un clásico de la derecha, desde “hay que pasar el invierno” hasta “estamos mal pero vamos bien”. Pero son relativamente fáciles de desmontar.

En primer lugar, porque esto es política y economía, no religión. Los esfuerzos deben articularse en una estrategia y con un fin último, cosa que el presidente no explica, no sólo por su limitada oratoria, sino porque no los tiene. Su plan se reduce a tratar de dominar el dólar. La historia argentina demuestra que cuando estamos mal, vamos mal.

Pero hay algo peor que un necio o un burro: un hipócrita. Los que nos demandan sacrificios y nos tratan de vagos o flojos son los que ganan con cada devaluación, los que hacen diferencias obscenas con las tarifas de servicios. Siguiendo la comparación bíblica, son los fariseos, los mercaderes del templo. Aquellos que Jesucristo echó del templo.

Por último, se requiere un esfuerzo importante para derrotar a un oficialismo. La cancha de la política suele estar inclinada a su favor. Vale para todos ellos, pero en especial para uno con ADN peronista, sesenta años de experiencia y regalías petroleras. La ingenuidad -o su gemelo el triunfalismo- son hoy pecados capitales.

“La unidad es necesaria pero no suficiente”, declaró ayer Alberto Fernández. “Hay que hacer algo más”. Sí, ¿pero qué? Una respuesta posible es una campaña molecular, es decir, el entusiasmo popular de las tres semanas transcurridas entre octubre y noviembre de 2015, pero con una orgánica y tres años de conocimiento, análisis y experiencia.

 

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