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A veces, los recodos de la historia se parecen y permiten comparar y conjeturar. 2019, ¿una especie de 1974?

En el siglo pasado, la sociedad argentina tardó dieciocho años en asumir que gorilismo era sinónimo de caos, los años comprendidos entre 1955 y 1973. Militares o civiles, incapaces de gobernar, lejos de resolver los problemas heredados, creaban nuevos. 

En la sociedad digital todo es más veloz, desde los flujos de capital al el acceso a la información. Los apoyos se ganan más rápido pero también son más fugaces. El mismo proceso tardó apenas los tres años que van de fin de 2015 a la actualidad.

En aquel momento histórico, muchos argentinos sin tradición peronista optaron por la fórmula del justicialismo Era un voto pragmático: si alguien podía pacificar al país e iniciar su reconstrucción, era Perón. En momentos críticos, las sociedades eligen tipos probados y dejan los experimentos para más adelante. Perón, a su vez, captó a la perfección lo que se esperaba de él. Fue “león herbívoro”, fue padre amoroso y dirigente generoso con los otros espacios. Para un argentino no hay nada mejor que otro argentino.

Hoy Perón no está. Está Lavagna, asociado a la última etapa de bonanza y macroeconomía estable con superávits gemelos. Hasta tiene su misma edad, la del Perón del retorno. Claro que la vitalidad de un tipo de setenta y siete de hoy no es la de entonces, pero Perón era el mayor genio político de su época y del continente. Lavagna es un prestigioso cuadro técnico.

La pregunta clave es a qué factores de poder representaría Lavagna, ¿al PJ no kirchnerista, que cada día es menos anti? ¿al círculo rojo, al que solemos suponerle una inteligencia política nunca demostrada? Y un paso antes, ¿quiere ser presidente o simplemente candidato?

Hay dos Lavagnas posibles. Uno que es elegido “por consenso”, es decir a dedo, por medir mejor que los demás aspirantes de Alternativa Federal, y confronta con ambos, Macri y CFK. ¿A quién le sirve ese camino?  Probablemente al gobierno, que apostaría, como en 2017, a randazzearle al kirchnerismo unos puntitos. A la Argentina, seguro que no.

Si Lavagna aceptara competir en una única PASO con el resto de los precandidatos peronistas, resolvería varias cosas en un solo movimiento. Primero, la legitimidad de origen del ganador, muy probablemente la suya propia. Segundo, la PBA, territorio semicautivo del kirchnerismo, sin el cual no se puede pretender nada serio. Una paso implica un acuerdo con CFK, que debería prestarle votos a cambio de un buen bloque de legisladores… Y convertir Calafate en Puerta de Hierro.

Ese acuerdo es el que el gobierno menos espera, el que más lo complicaría, y el que mejores chances de gobernabilidad ofrece a un país muy golpeado para los próximos cuatro años. Es de esperar que la Argentina de 2023 sea una papa menos caliente que esta, mejor domada, apta para los coroneles jóvenes y ambiciosos -Massa, Uñac, etc.-. 

Seguramente en esto está pensando Duhalde, uno de los conductores naturales del economista. Claro que hay peros. ¿Se banca Lavagna compartir el poder? ¿Está dispuesta CFK a bajarse? Es un momento crítico, de esos que nos permiten probarnos a nosotros mismos y a los demás de qué madera estamos hechos, que obliga a deponer pasiones, enconos y egos.

Recordemos que Perón tenía agendada una reunión para reconciliarse con los imberbes que se fueron de la plaza, cuando la muerte se interpuso. Su plan era con todos, sin proscripciones.  

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