Valdes, D’Alessio, Milito y el efecto mariposa

En 2014 seguí toda la campaña de Racing de local, sin faltar a un solo partido. A pesar de que no le sobraba nada, ese Racing tenía muchas virtudes que lo hicieron campeón. Yo elijo destacar a Milito en el final de su carrera, lento, dolorido,  pero maduro y sabio.

Vi mil escenas similares. Le tiraban algo que no era ni un pelotazo, mucho menos un pase. Él se las arreglaba para dominarla e irse contra la línea. Se llevaba tras él dos rivales mínimo. Entonces entraba Bou sin marca por el medio (también podían ser volantes como Acuña o Centurión), Milito les ponía el pase justo y a festejar. Diego se arreglaba con poco porque había poco fútbol, pero además era un alquimista. Lo poco que le llegaba era de lata y lo convertía en oro, era berreta y lo convertía en una joya. Eduardo Valdes es gallina, pero me recuerda a Milito. Con nada hizo una obra de arte. Con nada no: con genio político, algo que escasea y, tal vez por eso, destaca cada vez más.

Hoy sabemos que Macri espía a Vidal, que Vidal compra un canal de televisión en cuotas con nuestros  fondos reservados -de todos los bonaerenses-, que armar una causa no cuesta nada y que la Argentina de Macri es un festival de espías y servilletas que se parece al Berlin de posguerra.

El coraje de un vasco campero hizo una parte. Sin denuncia de Etchebes, D’Alessio no sería el desequilibrado más famoso del país. Pero el escándalo que marcó el principio del fin del macrismo no sería el mismo sin el olfato político de Eduardo.

-¿Es verdad que si vuelve Cristina me tengo que rajar del país?-, le preguntó Fantino en un pasillo de América. Otro hubiera dado una respuesta monosilábica, lo hubiera ignorado o se lo hubiera sacado de encima educadamente.

Eduardo no. Lo contuvo, pero además se quedó pensando. Y rosqueó y dobló la apuesta. Poco después, cenaban los tres: el relator de fútbol, el ex embajador en el Vaticano y la senadora, imagino que con el objetivo de desmitificar, bajar un cambio, exorcizar fantasmas y humanizar un poco la política.

Como Milito, Eduardo no sabía cómo terminaría la jugada. Hizo lo que su instinto político le indicó, como supongo que debe hacer siempre, cada día, varias veces por día: detectar el hueco, la oportunidad y tender allí un puente.

La brutalidad de estos gorilas hizo el resto. Convirtieron a uno de sus más obsecuentes defensores mediáticos en sospechoso, le dieron trato de enemigo sólo por haber cenado con CFK. Lo investigaron, escucharon y siguieron a él y a su entorno. El mayor escándalo de este tipo en treinta y cinco años de democracia.

Fantino es una persona pública. Más de uno de sus espectadores se debe preguntar qué es capaz de hacerle el macrismo a un anónimo, si respeta tan poco a un famoso. Fortuna, que según Maquiavelo es mujer, hizo el resto. Como el aleteo de la mariposa que genera un tsunami en el otro extremo del planeta, el gesto político instintivo de Eduardo parece haber detonado el principio del fin del macrismo.  Que la gilada siga denostando la política, nomás.

 

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