Alegría mata corrección política

En tiempos electorales, la política es atravesada por gramáticas no políticas. A los clivajes tradicionales como “patria o colonia”, “izquierda o derecha”, debemos agregarle el viejo “eros o tánatos”.

Flashmob, en castellano, es algo así como movilización relámpago. Si una movilización requiere compromiso, organización y algún grado de inteligencia, una flashmob las requiere en dosis mayores. Porque se trata de llegar a la vez, dispersarse a la vez y, entre medio, hacer algo de modo coordinado. Algo disruptivo, además. Hace pocos días, una multitud se reunió en la avenida Corrientes para ponerle el cuerpo al hashtag #Macriyafue. Además de ir, tuvieron que estudiar la letra y aprender una coreografía. Esto es, dedicarle horas a la política, que le restaron a sus asuntos privados.

El clima de esa multitud, a tono con el resultado de las PASO y contradiciendo la grave crisis económica, era festivo. Era de alegría genuina, porque a los sectores populares y a los sectores medios consustanciados con los sectores populares, nos da alegría hacernos muchedumbre para ganar la calle. Lo hacemos desde hace décadas, es un rasgo distintivo de nuestra cultura política. La novedad es la incorporación de la alegría, el canto y el baile, que no formaban parte de nuestros códigos de corrección, tan herederos de los setenta.

Sin presupuesto, pero con una enorme inteligencia y olfato político, un grupo de militantes organizó lo que, hasta hoy, es a la vez el hecho más comentado y el golpe más duro a Larreta en su campaña por la reelección como jefe de gobierno. Prensa, redes sociales y un boca a boca imparable lograron vencer el cerco de protección y gritar todos juntos que el rey está desnudo.

En 2015, en Argentina, ganó una versión de la alegría. Escenificada, berreta, excluyente y tramposa, pero alegría al fin. De este lado, la alegría no era parte de la agenda. La alegría venía en combo con el cambio. Muchos sabíamos qué era y cómo terminaba, intentamos explicarlo pero no pudimos contra una ley de la naturaleza: es mucho más convocante cambiar que conservar, lo festivo a lo rutinario, lo novedoso a lo conocido. Por esa misma razón sucumben tantos matrimonios: no mueren de adulterio sino de aburrimiento. El adulterio es apenas un síntoma.

¿Se puede recuperar la alegría y la novedad como banderas después de dos o tres períodos de oficialismo? Tal vez sea más difícil reinventarse como gobierno que como challenger, pero es indispensable abordar la cuestión, por ejemplo, si el Frente Amplio quiere evitarle a su país experiencias dolorosas como los gobiernos de Macri o Bolsonaro para sus vecinos.

En cada campaña, alguien encarnará a Eros. Alguien más, por contraste, por omisión, encarnará a Tanatos. Se trata de una gramática y de un clivaje emocional, vital, no estrictamente político, pero de enorme gravitación. En especial, pero no exclusivamente, para los sub 30. Si seguimos pensando y haciendo política pura y exclusivamente como la hicimos hasta hoy, seremos cada vez menos, por un inexorable hecho biológico.

La clave, mucho más fácil de decir que de hacer, consiste en convocar a la política desde otras prácticas. La respuesta, como en cada campaña molecular, es particular, porque debe conocer, respetar y aprovechar las características de cada sociedad. Los argentinos tenemos debilidad por las multitudes. ¿Qué se les da bien a los uruguayos? ¿La murga y su corrosiva ironía? Adelante, entonces.

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