Quiénes son los verdaderos ñoquis

El documental “Los ñoquis”, de María Laura Cali, tiene algunas escenas actuadas. En una de ellas, a una empleada administrativa se le ordena cargar en una computadora el listado de los próximos despedidos y descubre que ella misma encabeza la lista. Acaso sea una de las ilustraciones más contundentes y explicativas, no sólo de lo que el macrismo le hizo a la sociedad, sino de lo que nuestra sociedad se hizo a sí misma al “comprar” el macrismo. Una especie de borrachera colectiva, una hipnosis programada en la que, producto de la sensación anestésica, nos lastimamos y destruimos lo nuestro, lo propio, con indolente soberbia.

El mayor acierto de “Los ñoquis” es mostrar el drama del desmantelamiento del Estado, el ajuste y los despidos a escala humana. Cuenta dramas personales. Les pone a los desocupados, que son cifras -o peor, ñoquis-, nombre, rostro, historia personal, familia, conocimientos y experiencia.

Este acierto señala a la vez un agujero: hace tres décadas o más que para el sentido común, un empleado público es un ser grotesco como el personaje de Gasalla, sin que se instalara un contradiscurso más acorde a los valores del peronismo. Desterrar imaginarios conservadores o antinacionales debe ser un objetivo del próximo gobierno. Y los objetivos, con políticas públicas de por medio, pueden alcanzarse o no, pero sin ellas es imposible.

El recorte de la directora es producto de su experiencia directa. “Los ñoquis” son los ñoquis de Cultura. Más específicamente, de la Casa del Bicentenario. Curiosos los ñoquis argentinos, que siempre según el discurso oficial, parasitan al Estado, vegetan por sus pasillos y cobran por nada, pero a la vez son capaces de producir, guionar, dirigir, filmar, presentar, distribuir y defender un documental, como sostiene la primera placa, “sin ningún apoyo económico”. La sola existencia del documental “Los ñoquis” desmiente el concepto y el mito de la vagancia, la incapacidad, etc.

Por último, hay en “Los ñoquis”, un par de aciertos secundarios. No porque sean menos importantes, sino porque no son centrales en la estrategia narrativa. En la semana de la unificación CGT-CTA, la experiencia de Cultura demuestra cómo UPCN y ATE trabajaron coordinadamente en defensa de los puestos de trabajo primero y más tarde por la reincorporación de los despedidos, hace más de tres años, en el inicio de este proceso que hoy se corona.

Aunque no se lo propone, el documental también es una reivindicación de las políticas culturales del kirchnerismo. No sólo de las más visibles, como los contenidos masivos, de Zamba a la fiesta del bicentenario, sino de muchas otras, capilares, moleculares, pero no por eso menos importantes, como los coros en penales o Café Cultura. El contraste entre lo que fue y lo que vino después pero ya se va, es contundente e invita a la reflexión. Nuestras élites económicas son culturalmente paupérrimas. No podrán dar el tan ansiado paso de clase dominante a dirigente, mientras no encaren esa desnutrición cultural.

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