Aportantes truchos, la causa que más lastima al gobierno

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Una serie de factores coinciden para dañar el último resto de credibilidad del gobierno. Aunque sin la espectacularidad de los bolsos de López, cada día son más los beneficiarios de planes sociales, dirigentes y militantes de Cambiemos de la provincia de Buenos Aires que se descubren en la lista de aportantes de campaña, sin haber puesto un peso ni haber sido siquiera consultados.  Un escándalo que, como el viejo Watergate, crece cada semana. Veamos.

El momento. El dólar retrocede un casillero y avanza dos. La primera entrega de divisas del FMI casi se evaporó a manos de los grandes especuladores, pero las exigencias de madame Lagarde recién empiezan a sentirse. Los argentinos con empleo hacen malabares para estirar su sueldo. Los otros intentan pasar el invierno en condiciones menos que precarias. Los que prometieron que no perderíamos nada de lo que teníamos se desentienden de su promesa electoral y ahora, a lo Churchill, prometen sangre, sudor y lágrimas. Sólo que ajenas. Del pueblo. Su problema no es la falta de dinero, al contrario. Es cómo justificar el dinero que tienen. De eso se trata este escándalo. De cómo o con quién blanquear dinero mal habido. 

El lugar. Sería menos grave en cualquier otro distrito. Pero no. Ocurrió en la provincia de Buenos Aires. La más grande, la que concentra un tercio de los electores nacionales, la que gobierna “Mariu”. El “hada buena”, esa brillante construcción de Durán Barba, inexpugnable ayer nomás, hoy está en jaque, con una denuncia penal en su contra y un escándalo que crece cada día. Claro, es la responsable última de lo que ocurre en su fuerza política y en su distrito. En las mesas de arena del Pro –para lo importante no hay alianza Cambiemos-, imaginaban la fórmula Macri-Vidal para capear el temporal, pero puede que sea peor el remedio que la enfermedad. 

La dimensión. Todo indica que la cifra blanqueada, terminada la investigaciòn, será menor que la de cualquier fortuna oficial en Panamá, Delaware u otro paraíso fiscal e irrisoria comparada con el escándalo de la deuda de Socma con el correo. ¿Por qué, entonces, esta pega más? Porque dos mil o cuarenta mil pesos son cifras que cualquier ciudadano de a pie puede calibrar correctamente. Dos mil es lo que le vino de luz (en ese caso, debe considerarse afortunado). Cuarenta mil es lo que le gustaría tener disponible para arreglar el auto (que dejó caer este último tiempo) e irse unos días de vacaciones con la familia. Los millones o los miles de millones, con sus excesos de ceros, marean, confunden, no son asimilables.

Las prácticas. “Hoy una promesa, mañana una traición. Amores de estudiantes, flores de un día son”. Lo que cantaba Gardel es perfectamente aplicable a este caso. Muchos votantes de Cambiemos querían seguir creyendo en la promesa de transparencia, el único consuelo restante frente a la debacle económica. Pero no. Ni eso les queda. Hicieron grandes esfuerzos psíquicos para creer. Las fortunas las tienen de cuando eran empresarios. Las puertas giratorias y los conflictos de intereses son fantasías de pesimistas y opositores trasnochados. Para todo había una justificación. Pero esto no es justificable. Esto no es una compleja operación financiera transnacional. Es un burdo lavado de guita proveniente del circuito de vueltos de la política, para bancar una campaña. Algo esperable del populismo derrotado, impropio de “gente bien”.

Lo subyacente. Lo más interesante es lo que puede leerse entrelíneas, apenas disimulado: el concepto que tienen del otro y el lugar que le otorgan. Para este gobierno y la fuerza política que lo sustenta, los pobres no tienen derecho ni a la identidad. Como nunca levantarán la cabeza, no tienen chance de enterarse. Se los puede usar sin problemas, como a las bases de datos de Anses. Todo está ahí a disposición, para provecho y beneficio propio. Los candidatos, dirigentes y militantes son empleados de una corporación. Su rol es obedecer sin chistar. En la ceocracia no es necesario conducir ni persuadir. Se manda, se obliga, sin demoras ni explicaciones. Los radicales saben su papel y no se apartan de él.

Nunca es triste la verdad, lo que no tiene es remedio. Por duro que sea, es mejor saberlo. Especialmente para quién los votó que, como el cornudo, es el último en enterarse.

 

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