Apuntes para la construcción del Partido de la Patria

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Un poco de historia. Hace poco más de una década, Néstor ponía en marcha el experimento de la transversalidad. Entonces, aspiraba a transformar el sistema político argentino, desde el tradicional bipartidismo peronista/ radical hacia un ordenamiento más moderno, de coaliciones de centroizquierda y centroderecha. Es probable que, con -brutales- diferencias, el 22 de octubre se haya consolidado el modelo que él deseaba.


Lo que nos gobierna no es una coalición de centroderecha sino el Partido Colonial. Y la única oposición vigente, siempre de acuerdo al impiadoso mandato de las urnas, es el peronismo de las tres banderas históricas, el Partido de la Patria, con sus aciertos y errores, con sus aliados del campo popular que pueden tener distintas identidades y tradiciones pero idénticos objetivos estratégicos.

El gobierno de Cambiemos no es un accidente, como hubiéramos querido creer. Su capacidad para destruir y causar sufrimiento es enorme, pero su consolidación implica que por primera vez la oligarquía se anima y se expone, sin intermediarios. Eso, desde una perspectiva histórica, es una buena noticia. A la inversa de lo que sostenía Michael Corleone en El Padrino III, “nuestro verdadero enemigo al fin se ha mostrado”.

Ese movimiento es irreversible. Les costará mucho volver a ocultarse. Si pensamos no sólo en recuperar el gobierno, sino en acumular poder para la liberación de la Patria, insistimos, es una buena noticia.

El adversario. No tiene sentido perder un segundo más discutiendo el coeficiente intelectual de Macri ni su oratoria. Porque Macri es una anécdota. Su papel podría hacerlo –casi- cualquier otro.
No nos enfrentamos a Macri sino a una concentración inédita de factores de poder internos y externos, que se sirve alternativa o simultáneamente de las empresas multimedios, los jueces que defienden sus privilegios, los servicios de inteligencia locales y extranjeros y los lobbies económicos y financieros, en el marco de una ofensiva regional y de un panorama internacional incierto y preocupante. Esa es la verdadera dimensión de lo que enfrentamos.

Los pesimistas. La comentadísima nota de José Natanson es el ejemplo más cabal, pero no el único. Es la derecha, habrá que ver si es nueva y claramente está muy lejos de ser democrática. El que compra mansamente la agenda del adversario no está en condiciones de conducir. La política, en estos tiempos de zozobra, requiere pensamiento propio. Ni chupamedias ni derrotistas.


La consolidación de Cambiemos con que tanto machacan los medios se enfrentará más temprano que tarde con un límite claro: las consecuencias de su política económica. Sabemos que las palabras construyen sentido. Darse por vencido, atribuirles imbatibilidad o pronosticarles ocho años hoy, cuando falta tanto tiempo y tanta calamidad, es hacerles un favor que no merecen.


El peronismo ha atravesado y sobrevivido a situaciones mucho peores: el decreto 4161, la dictadura o el neoliberalismo ejecutado por un monstruo surgido de sus propias entrañas, por dar un par de ejemplos.

Los díscolos. Afirmar que los cinco puntos que faltaron en la provincia de Buenos Aires son los de Randazzo, hoy, con el diario del lunes, es tan bajo como poco constructivo. Sobre todo, porque no podemos hacer historia contrafáctica. No sabemos cuántos votantes del otro lado hubieran cruzado la grieta en las PASO para darle una manito al paisano de Magnetto y volver a votar derecha en octubre.


A los “dadores de gobernabilidad” o “peronistas dóciles” (vaya oxímoron) tampoco les fue bien. La razón es simple. Para neoliberal, ya está el gobierno. Entre original y –mala- copia, la gente vota original. Conclusión, en esta etapa histórica el peronismo está llamado a ser oposición férrea, firme, clara y contundente, sin claroscuros ni franeleos. ¿Habrá futuro para Schiaretti, Urtubey, Peppo, etc.? Tal vez, y sólo tal vez, si se reconvierten.

País unitario. En el distrito más importante, Cristina volvió a subir el techo de las PASO, haciendo una de sus mejores elecciones en una cancha que será históricamente recordada por lo inclinada. De un lado poder de los medios, la justicia y el espionaje para construir e instalar realidades paralelas. De un lado los tres presupuestos publicitarios más grandes del país (Nación, Provincia y Ciudad). Del otro, una fuerza nueva y, por lo tanto, sin recursos.


Si el movimiento es como aquel indestructible Terminator 2 que encarnaba Schwarzenegger, que se reconstruía sólo a pesar de estar en el piso y en pedazos, debemos recordar que para la reconstrucción, los pedazos más chicos iban hacia el más grande. La dinámica no es caprichosa ni arbitraria, la explican las leyes de la física y, por qué no, de la política. A mayor masa o volumen, mayor fuerza de atracción. Con el 2019 a la vuelta de la esquina, ya quedó claro cuál es el fragmento mayor, posición que otorga tantas responsabilidades como derechos. Cristina es pie. Los demás deberán pasarle las señas para que ella arme la jugada.

Lo ciudadano no quita lo peronista. Al contrario. La campaña de Unidad Ciudadana fue un gran acierto. Recuperó el foco de lo que se debe hacer en campaña: convencer a los sueltos, ni confrontar con el enemigo ni excitar a los propios. Mejor todavía, en un lenguaje llano, de alto impacto visual y emocional. Si el resultado no fue mayor no se debe al giro de la campaña sino a que este no se haya ensayado con mayor anticipación y a la ya mencionada cancha inclinada. Resumiendo, el estilo ciudadano recién empieza a dar frutos, habrá más por cosechar.

Ahora, con esa misma actitud, debemos restablecer las relaciones con los peronismos de las provincias y con nuestros rivales de ayer. Ciudadanía, pero hacia adentro. Así como los conflictos se escalan, la confianza también. Un pequeño gesto favorable invita a la reciprocidad y luego a uno mayor. La Cámpora 2017 es mucho más permeable y frentista que la versión 2015. Jugó a fondo, sin haber sido especialmente favorecida en los cierres de listas. Es un buen principio para el proceso de paz que necesitamos con urgencia.

La punta. La otra gran noticia vino de San Luis. Los interminables Rodríguez Saa han logrado revertir el resultado de agosto, algo que entonces parecía imposible. Llevan décadas de gestiones exitosas. Son respetados por sus pares. Son sólidos en su formación peronista. Y, tal vez por esto mismo, han dado el ejemplo hace tiempo, recomponiendo su relación con CFK, porque la coyuntura no da para apuntar cañones al costado ni seguir arrastrando viejas cuitas. ¿Están llamados a ser los protagonistas de la unidad? Probablemente. ¿Tienen la autoridad para convocar y reunir a las partes? Sin duda.

La unidad. “Unidos o dominados”. “Todos unidos triunfaremos”. “Para un peronista no hay nada mejor que otro peronista”. Nuestra literatura y liturgia abundan en llamados a la unidad. ¿Todos es todos? Claro. Todos los que quieran oponerse a este modelo oprobioso, más allá de su currículum. Primero, porque los buenos son poquitos. Segundo, porque los más sinuosos son los que más daño pueden hacer si les permitimos liberar toda su mezquindad y resentimiento. De ellos, ya lo sabemos, se alimenta el enemigo.

La clave. Son tiempos de ecumenismo. Lo que falta, se resuelve recordando a Leopoldo Marechal: “de los laberintos, se sale por arriba”. Generosamente. Con el talonario de facturas prendemos la salamandra. Y concentramos nuestro esfuerzo, sin excepción, en enfrentar a los conservadores.

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