Crónica de un cruce

Compartí en tus redes sociales:
Tweet about this on Twitter
Twitter
Share on LinkedIn
Linkedin
Share on Facebook
Facebook

Honramos al Libertador en su día recuperando este texto del año pasado, que narra las experiencias de padre e hijo a caballo por los Andes. De los anticuarentena nos ocupamos otro día. Ya circula demasiada muerte por hoy.

El panorama alterna tonos de marrón con algún verde triste, casi amarillento. Cada tanto, irrumpe el verde intenso, caso obsceno de un viñedo. En esta zona, el acceso al agua, llamado “derecho de riego”, determina clases sociales. O a la inversa. Al costado de una de las tantas curvas de este camino de montaña, un cartel dice “Bienvenidos al departamento de Tunuyán”. El lenguaje inclusivo no llegó a los carteles viales. La chata, veterana pero noble, sube lenta, como si su chofer tuviera un pie derecho muy sensible al malgasto de gasoil.

Se llama Juan, será nuestro guía. Habla pausado y es lógico que escuche más de lo que habla: quiere saber con quienes compartirá la travesía, que es de dificultad media, pero en la cordillera, un loquito siempre es un peligro. Cuenta, como si relatara un pasaje bíblico memorizado en la infancia, que alrededor del año treinta del siglo pasado, su bisabuelo compró miles de hectáreas en la zona. El negocio era cruzar vacas a Chile, donde la carne valía el triple o más, hasta que llegó la aftosa y mandó a parar. Desde entonces, nada es lo que era y se emprenden mil actividades con la esperanza de recuperar el esplendor perdido. Una de ellas, el cruce.

El Padre de la Patria. La gesta sanmartiniana. Argentina, Chile y Perú. El abrazo de Guayaquil. Cualquiera que se haya dado un chapuzón por la educación formal argentina conoce estos conceptos, al menos en su versión Billiken. Contratar guía, caballos, carpas y provisiones para el cruce es, en comparación, mucho más barato que veranear en la costa atlántica. Tampoco hace falta ser un gran jinete, porque las picadas son angostas y obligan a andar al paso y los caballos saben el camino de memoria. Sin embargo, pocos van detrás de los pasos de Don José, que después de pelear contra los españoles y liberar tres países hizo este mismo recorrido en sentido inverso, para volver a la patria.

El cruce por El Portillo, cuenta Juan, nunca fue un furor popular, pero de las diez temporadas que lleva como guía, esta es la peor. Este viaje lo hacen en un noventa por ciento argentinos, que mezclan intereses históricos y geográficos, ensillan sus propios caballos y comparten con los baqueanos el mate de la mañana y el vino de la noche. Tipos que ganan en pesos devaluados y hoy tienen otras preocupaciones. Hay un turismo internacional, que se aloja en las bodegas -más de mil dólares la noche-, pero demanda cabalgatas más breves y amigables, más confort e infraestructura.

El otro pasajero de la chata es mi hijo mayor. Nací a mediados de los setenta. Casi no conozco varones de mi generación que no añoren haber pasado más tiempo con su padre en la infancia. Algunos, ya del otro lado del mostrador, intentamos reparar esa carencia con nuestros hijos, a riesgo de pasarnos de hinchapelotas. Polo y yo compartimos muchas cosas, pero los dos sabemos que esta es especial, no sólo por el lugar y el peso de la historia. Él está cada día más adolescente y menos niño. Este año preparará su ingreso a un colegio universitario e intuyo que el verano que viene podría tener sus propios planes. El viaje es también un rito de pasaje.

Atrás, en Mendoza ciudad, quedó la Renoleta y dentro de ella, todo lo que no sea estrictamente necesario en la montaña. Nada de lastre. El teléfono viene, pero apagado, sólo se usará de cámara de fotos de cuando en cuando.

La primera parada es en una bodega, donde levantaremos al resto del grupo. Todos padres e hijos, me había dicho Juan. Llegan una hora más tarde de lo acordado, parecen venir de un tour de compras de Miami y les faltan bolsas de dormir. No es la mejor presentación pero le ponemos onda. Nos repartimos en dos chatas, dejamos atrás el pueblo de El Manzano Histórico, la zona de viñedos y subimos hacia Scarabelli, el primer refugio de montaña.

II

Después de una subida escarpada, en primera, incluídas un par de paradas para “bañar” el radiador por fuera con agua de arroyo por falta de viento, y un trámite migratorio en el puesto de frontera, el último punto al que se llega en cuatro por cuatro es el refugio Scarabelli.

A unos tres mil doscientos metros, cerca de un arroyo, se erige esta construcción precaria de propiedad municipal, con techo bajo, paredes de piedra y piso de tierra. Un comedor con un fogón, dos dormitorios con cuatro camas marineras cada uno sobre las que acomodamos recados y bolsas de dormir y un baño de acceso externo. Afuera hay un corral para caballos y mulas. Acá pasamos una noche y empezamos a asimilar la altura, para partir a la mañana siguiente. Hacia arriba, por supuesto.

El sol se esconde detrás de la ladera de un cerro y la temperatura cae en picada. Tenemos que abrir las mochilas y ponernos algo de ropa térmica. Juan aconseja comer poco para acostarnos livianos, pero el menú es pollo al disco, uno de nuestros preferidos. Me ofrezco a colaborar en la cocina, pero los gauchos rechazan la ayuda muy educadamente.

Cenamos en mesas separadas, en una los viajeros y en otra los baqueanos. Me choca un poco esa división pero algunos estamos de viaje, otros laburando. Poco vino, nada de canto ni guitarras. Se percibe en el aire cierta tensión por el día que nos espera.

Hace frío y todavía no amaneció, pero abro los ojos instintivamente. Dos, tres segundos después escucho el ruido y enseguida la voz de Leopoldo. “Pa, vomité”. La combinación de tres mil y pico de metros de altura y dos platos de pollo al disco con papas, zanahorias y cebollas es demasiado para su estómago. Me acerco, lo abrazo, lo acompaño a limpiarse. Ya es de día, tenemos una larga jornada por delante y él está apunado y débil. No es el mejor comienzo.

Comparto unos mates amargos ahí fuera con los gauchos, directo de la pava, sobre una parrilla improvisada con hierros de construcción. El que parece el jefe, Carlos, tiene uno de esos rostros tallados por el viento, de edad indescifrable, y una tonada cuyana muy característica. No quiero parecer descortés y hago un gran esfuerzo por descifrarlo. Me tiende una taza de plástico, tapada con un plato. “Té de coca, para el pibe. Primero déjelo infusionar bien”.

Leopoldo lo toma a pesar del sabor amargo. Me siento a su lado mientras  los miramos ensillar. Ofrezco ayuda, que otra vez es amablemente rechazada.

-Vos sos de los que no pueden estar quietos-, me dice Juan, que me conoce hace menos de veinticuatro horas.

Leopoldo sube a un tordillo, yo a una yegua alazana que tiene bien marcada la hendidura encima del ojo izquierdo. Le calculo unos trece o catorce años mínimo. En vez de bastos, acá se usan unas estructuras de madera, como las sillas de montar, y arriba le tiran el cojinillo -lo llaman peyón-, que queda perfectamente calzado.

-Para que no se deslice en las subidas y bajadas-, me dice Carlos, que a esta altura ya es mi instructor en costumbres cuyanas.

Partimos, mientras los baqueanos terminan de guardar equipaje y provisiones y cargarlo sobre las mulas, que llevan en lugar de recado unas estructuras llamadas “angarillas”, sobre las cuáles apoyar los bultos. El trabajo termina cuando se asegura la carga con varias vueltas de soga y un nudo bien firme.

Vamos de a uno, siempre al paso. Juan el primero, Carlos cierra la fila. Me maravilla que sean capaces de distinguir la senda: para mí todas las piedras, todos los picos y laderas son iguales. Así pasa el primer par de horas de subida. Nos llama la atención un omnibus abandonada en el medio de la nada. Era de Vialidad Nacional, vino a hacer un relevamiento, pero quedó ahí y el viento lo fue desarmando. Me acuerdo de “Into the wild”.

Leopoldo vomita el té de coca, lo único que cargaba su estómago, pero no desmonta ni suelta las riendas. Me acerco a él, lo veo pálido, le doy agua. Juan me lleva donde nadie puede oírnos y me pregunta qué hacer. Le digo que seguimos, no tengo dudas. Vendrán horas duras, pero confío en que se va a aclimatar y recuperar. Espero no equivocarme.

Cuando la superficie lo permite, le cabalgo a la par. Si hay laderas o quebradas, me pongo de ese lado. Me aterra que se desmaye, caiga y ruede. Ese día, ni el clima ayuda. Ahora que el sol llegó al centro del cielo, hace un calor seco que lastima y obliga a sacarse capas y capas de ropa. Pero basta que una nube se interponga para que tengamos que abrigarnos nuevamente.

Quisiera llevar a Leopoldo enancado y tirar de su caballo, pero las monturas cuyanas son rígidas y no lo permiten.

En las primeras horas de la tarde llegamos al portillo argentino. Es una quebrada en forma de U, casi perfecta, atravesada por el paso, y representa el punto más alto de nuestro recorrido. Está mil doscientos metros más arriba que Scarabelli, cuatro mil quinientos en total. Hora de descansar, estirarse y, sobre todo, hidratarse.

III                    

Desde El Portillo, el camino es en bajada. El primer tramo, muy escarpado, después se hace gradualmente más suave hasta terminar, bordeando un arroyo encajonado, que desemboca en un mallín, un oasis verde que parece de otro planeta entre tanta aridez.

Ahí paramos para descansar y armar el campamento, en cuanto lleguen las mulas que vienen detrás nuestro con la carga. Leopoldo, que llegó con sus últimas fuerzas, se desparrama en el piso y cae dormido.

Desensillo, llevo mi caballo del cabestro y se lo entrego a Alejandro, otro de los gauchos, que tiene un parecido físico con Carlos pero no es familiar. Me sorprendo cuando le saca la cabezada a la alazana y la deja libre. Le pregunto por qué. La respuesta es simple. Van a ir a pastar a la primera superficie verde que encuentren. A la segunda, como mucho. Saben perfectamente a dónde ir a buscarlos.

Nos apuramos a armar las carpas mientras hay claridad. lo primero es meter dentro las mochilas, el peso impide que el viento se la lleve. Imposible enterrar una estaca, hay que atar los extremos a piedras pesadas, que acá sobran. Los recados hacen nuevamente de colchón y arriba tendemos las bolsas. Terminada la tarea, Leopoldo, medio zombie, se para, camina hasta la carpa y vuelve a echarse.

Cae el sol y corremos todos a buscar una o dos capas más de ropa. El resto del grupo también está demasiado cansado y se va a dormir sin cenar. Esa noche hay vacío asado bajo las estrellas, medio tomate para cada uno y un vaso de vino que paladeo lentamente. Pido la parte más roja, me dan el centro. Discutimos sobre el mejor punto de la carne, cómo la comemos nosotros y cómo los gringos. Los franceses, viva. Los yanquis, negra.

-Yo tengo sangre francesa-, aclaro, pero no saben si hablo en serio o los estoy jodiendo.

Leopoldo todavía duerme, ahora dentro de la carpa. Voy y vengo una o dos veces, intento despertarlo pero desisto. Si todo sale como espero, mañana,  junto con su habitual chocolatada, desayunará un vacío pan, recalentado junto a la pava. Será la señal de que el sueño lo recompuso completamente. Comparto la mesa con Juan, Alejandro y Carlos.

Escucho hablar sobre el refugio “Real de la Cruz”, que está muy cerca. Era público y libre, como la mayoría de los refugios de montaña, pero los militares tomaron el control y empezaron a cobrar por su uso, después a aumentar la tarifa y terminaron por cerrarlo al público. Hubo discusiones y tensiones por ese tema, hasta que los baqueanos se cansaron del maltrato y prefirieron acampar.  Me llama la atención lo que escucho. Un refugio en zona de frontera en un mojón, un elemento de construcción de soberanía. Pregunto cuándo empezaron esas prácticas. Hace tres años, responde Carlos.

Ya de sobremesa, noto que administran cuidadosamente un atado semivacío de Particulares 30. Muestro y pongo a disposición una cajetilla de Café Creme, que abro en el momento y tiro el celofán a las brasas. El primero en vencer la timidez es Carlos. Pide permiso, enciende uno y aspira dos o tres caladas seguidas. Le gusta. Pregunta dónde se consigue.

Emprendemos la marcha a media mañana. Hubiera preferido salir antes, pero es un trayecto corto y sobra tiempo. Leopoldo se despertó radiante y ya no necesita de mi mirada atenta, pero conservo el reflejo de tenerlo siempre en mi campo visual. Para eso tengo que estar detrás de él y justo delante de Carlos, mi instructor en costumbres cuyanas.

-¿Ve las letras blancas sobre la piedra?-, me pregunta -los gauchos nunca tutean-  y señala a lo lejos. Para ser cuarentón, tengo una vista privilegiada. Leo sin dificultad, “Real de la Cruz”. Asiento con la cabeza.

-Ese es el refugio del que hablamos anoche. Lo hizo Perón.

Sonrío al escuchar la mención. Carlos no me ve porque le doy la espalda.

-Claro, Perón vivió un año en Mendoza.

-En 1940, estuvo a cargo del Centro de Instrucción de Montaña.

Me detengo hasta tenerlo al lado, le sonrío y le hago la V. Me corresponde ambos gestos.

La coincidencia hace que este tipo, de por sí amable, gane confianza y se abra aún más. Me cuenta que en este mismo trayecto suele encontrar ciertos tesoros: puntas de flecha, fósiles marinos -hace millones de años acá estaba el océano- y los restos de una bayoneta. Hablamos de los hijos y la familia. Me dice que me ve bastante campero para porteño y le cuento de los pagos del Samborombón, de mi chacrita, La Marcelina, y de los caballos que tenemos, cuidamos y montamos. Para un peronista no hay nada mejor que otro peronista. También en la montaña.

Huelo ligeramente a quemado, pero no me parece verosímil que alguien haga fuego cerca y a esta hora. Carlos me ve olfatear y se anticipa a mi pregunta.

-Fósforo. Estas piedras tienen mucho fósforo. El contacto con la pisada del animal, hace fricción, si pudiera mirar abajo, entre las patas, vería como unas chispitas… Por eso a los indios les resultaba más bien fácil hacer fuego acá.

Mientras bajamos, el camino se hace un poco más ancho y amigable y empiezan a aparecer, entre tanta piedra, manchones verdes acá y allá. Suena agua y se oye más fuerte a cada paso. En un recodo, la vista se abre y observo un enorme llano, una especie de mar de piedra, con un curso de agua, bastante modesto, en el medio. Es el río Tunuyán.

Cinco minutos más tarde, estamos frente a él. La superficie que lo rodea es amplia y plana, hubiera querido galopar un poco, pero los caballos tienen que pisar con cuidado, hay piedras de todos los tamaños y mejor no pensar que pasa si uno pisa en falso y se manca.

Juan, el guía indiscutido, cruza primero, ida y vuelta para medir la profundidad y fuerza del agua. Se los ve serenos a ambos, a él y a su alazán. El río no llega a medio metro. Cruzan todos, anteúltimo Leopoldo y yo tras él.

Carlos cuenta que no siempre es tan fácil la cosa, que en septiembre u octubre ese cruce es una odisea, que hay que hacerlo temprano y con sogas, y que el Tunuyán se ha llevado a más de una mula o caballo. Igual, agrega, esto es nada comparado con su infancia. Entonces había agua en serio. La zona se está desertificando.

Siento la tentación de conservar alguna piedra: las hay amarillas, grises, rosas y de otros tonos, según el mineral predominante. Desisto, mejor no cargar nada de más.

Este tramo, custodiado por los cerros Castillo y San Juan, es más bajo, está rodeado de planicie y salpicado de restos óseos de vacas, acá y allá. Blancos, limpios, brillantes, los que de noche brillan y le dan vida a la luz mala. Ocurre, cuenta Carlos, que cruzar hacienda en pie era tan, pero tan buen negocio, que aunque partieran con quinientas cabezas y llegaran con la mitad, el negocio seguía siendo muy lucrativo.

Si una vaca se lastimaba, se desbarrancaba o se agusanaba, mala suerte. No había que lamentarse ni perder tiempo tratando de levantarlas o recuperarlas. El negocio estaba en ir y venir la mayor cantidad de veces, por eso las jornadas extenuantes de quince horas, para tratar de hacer en dos o tres días lo que normalmente tarda cuatro o cinco.

Entonces, la nieve llegaba hasta el mismo pueblo, venía a fín de mayo y se retiraba en septiembre, dejando un manto verde tan parejo, tierno y nutritivo que no necesitaba de cuadros ni manejos. Los animales solos iban explorando superficies, subiendo o bajando según el mes, en busca de las mejores pasturas.

Pero nada es para siempre. Carlos señala con el brazo extendido: una ladera pelada color marrón oscura, donde años atrás había inviernos blancos y veranos verdes. Lo mismo más allá y también del otro lado. A Carlos no se lo contaron, recuerda cuando era chico y hacía el mismo viaje en compañía de su padre. Le pregunto la edad: su rostro, curtido por el viento seco y la montaña, es indescifrable. Tiene apenas cuarenta y cinco años. Fuimos niños al mismo tiempo, no hace tanto.

Así se hicieron grandes fortunas. Hasta que la aftosa impidió la exportación primero y el cambio climático modificó dramáticamente el rendimiento de las tierras. Entonces, muchas de esas grandes fortunas, que los arrieros contribuyeron a forjar pero no disfrutaron, se invirtieron después en la industria del vino, que a su vez necesitó menos trabajadores, menos calificados y peor pagos que los arrieros.

En esos últimos años setenta y primeros ochenta, el consumo de vino crecía y se sofisticaba, los argentinos dejaban atrás el “vino de mesa”, en pingüino o damajuana, para descubrir tímidamente el malbec, el cabernet y los enólogos extranjeros. Para unos, fue una reconversión, de una actividad a otra. Para otros, la ruina.

Lo que queda flotando en el aire, la pregunta que nadie sabe responder, es cuánta de aquella ganancia extraordinaria se debía al precio de la carne en Chile y cuánta al costo de flete -camiones, combustible, seguros, personal- que se ahorraban  al dejar toda la operación en manos de unos cuantos arrieros. Iban y venían prácticamente todo el año. Tal vez, si el invierno era muy crudo, dejaban de cruzar en julio. Sólo eso.

El silencio se vuelve denso, parece cargado del sufrimiento y el despojo acumulados por décadas, por esos gauchos bravos, que recorrieron esta zona hasta surcarla  y terminaron con las manos vacías o casi.

Carlos me cuenta la historia de unos arrieros, a fines de los setenta, que fueron sorprendidos por un viento blanco. Eran dieciocho, murieron todos. El viento blanco es una tormenta de nieve intensa, que se forma en poco tiempo y casi no deja margen para reaccionar, protegerse o huir. En estas altitudes, la norma es esa. Hay que cabalgar con un ojo apuntando adelante y otro al cielo, porque todo puede ocurrir en pocos minutos y lo que se juega es la vida.

-Mañana vamos a ver el altarcito que llegó a hacer el que más la peleo. Pero igual murió.

El siguiente campamento se llama Mula Muerta y se divisa desde la altura. Tiene una tapera, una estructura de troncos revestida en chapa acanalada y una manguera de riego de plástico negro con una llave que trae agua desde el arroyo. Cinco estrellas.

II

La llegada a Mula Muerta es un momento gozoso, casi festivo. El malestar de Leopoldo desapareció, es apenas un recuerdo lejano. El trayecto del día fue mucho más breve que el anterior y sobran horas de claridad para armar el campamento y descansar.

La tapera de chapa atada con alambre sobre estructura de madera tiene apenas un metro y medio de alto pero nos repara del viento, algo que deseamos desde hace casi dos días. Una manguera de riego, de plástico negro, nos trae agua del arroyo, unos cincuenta pasos más abajo. Sale tibia, por efecto de los rayos de sol. Hasta podríamos bañarnos.

“Mi” alazana se llama Loba, lo descubrí al quitarle la cabezada. Tenía su nombre escrito sobre el cuero, del lado interno. No me atrevo a decir que nos vamos haciendo amigos, pero claramente ya dejamos de ser desconocidos. Cuando la liberé, se quedó unos segundos a mi lado y hasta me frota su cabeza.

Cuando, al cabo de un par de horas, llegan las mulas de carga, Juan arma un living portátil con una mesa y unas sillas plegables. La montaña de fondo, sobre la mesa, pan casero y jamón crudo, servilletas de papel y unos vasos iguales a los copones pero sin tallo. Lo admiro: media docena de esos, en mi casa duró apenas dos meses. De no haberlos roto, hubiera sido capaz de perderlos, mientras él los sube y baja durante toda la temporada.

Juan va por un vino, pero uno de los viajeros se le adelanta. Es Gustavo,  el que tiene unas cuotapartes en un fideicomiso vitivinícola. Dice que es una botella especial -no recuerdo la etiqueta-, ideal para un momento como este. Descorcha y sirve, mientras charlan sobre enólogos y bodegas. Sacudo la copa para acelerar su oxigenación. A nuestro alrededor, Alejandro, Carlos y otro gaucho siguen con sus tareas.

-Va a tardar en airearse-, dice Juan, mirando al cielo. -Estamos a tres mil setecientos o tres mil ochocientos.

-Sentate un rato a charlar, mientras esperamos que el vino mejore-, responde Gustavo, sin sacar la nariz del copón. Hace un gesto negativo con la cabeza.

Juan se acomoda en la silla libre. Leopoldo sigue la escena de cerca, cada tanto intercambiamos miradas. Gustavo lleva la voz cantante, sus hermanos asienten con la cabeza y cada tanto meten una expresión de aprobación, un “ajá” o un “claro”.

Gustavo cuenta de sus viajes a los Alpes, a los Pirineos y a las Rocosas, en el estado de Colorado. En todos esos destinos hay refugios, son limpios y confortables, nadie rompe ni ensucia, todos cuidan. Es la clase de discurso que me pone de mal humor, lo considero simplista y conservador, además de propio del que no conoce ni la historia ni los problemas argentinos.

Pruebo el vino, más que nada por distraerme de lo que escucho. Tenemos que convivir unos días más y no me creo capaz de responder amablemente. Cuando levanto la vista, Leopoldo me sonríe, cómplice y me hace un gesto de “ojo”.

Juan responde que son tierras privadas, que estamos dentro de una estancia y gracias que los dueños nos reconocen derecho de paso pero no se puede edificar nada porque no hay derecho. Gustavo retruca que abajo había un refugio municipal, que no costaba nada hacerlo bien, en vez de esa pocilga.

La palabra pocilga queda retumbando contra el silencio de la montaña. Percibo el orgullo herido de Juan y de sus gauchos. Los otros cambian de tema, como si nada. Dicen que el vino no se oxigenó nada y que no vale la pena abrir la otra botella.

Compruebo que, a pesar de haber nacido porteño y pasar mucho tiempo en la ciudad, pienso y siento mucho más parecido a los paisanos que a los urbanitas, al menos en esto. Bajo unos pasos y me siento en una piedra con mi segundo vaso de vino, a escuchar el agua y ver cómo anochece. Al rato se acerca Leopoldo. Viene a felicitarme por no haber declarado una guerra.

Había percibido pequeñas tensiones antes, pero estaba demasiado pendiente de la salud de mi hijo para atenderlas. Ahora lo veo con claridad. Hay una grieta. Otra, cuándo no. Por mi doble condición de urbanita y aprendiz de gaucho y admirador de todo lo campero, soy el único, en esta pequeña expedición, que puede amortiguar y administrar el nivel de conflicto. Tenemos un par de días de convivencia por delante.

Cuando volvemos a la mesa, Juan ya retiró la picada y anuncia bifes a la criolla, que trae en un taper calentito. Leopoldo y yo nos servimos dos porciones abundantes. Mis compañeros de viaje dicen que no, gracias, que así están bien.

-¿Pasta no trajiste?-, pregunta un hermano de Gustavo, no reconozco cual.

-No. El menú es siempre a base de platos típicos.

-¿No te parece buena idea preguntarles a los pasajeros que quieren comer?

-El menú es siempre  base de platos típicos-, Juan da por terminado el tema, ya sin paciencia.

Escucho que la conversación deriva hacia otro tema. San Martín. “Si viviera y nos viera se suicida. O nos mata a todos”. Es más de lo que resisto. Me comunico por señas con Leopoldo: ruego permiso para intervenir. Él asiente.

-A todos, no. A los que volvieron a endeudar el país, como hizo Rivadavia entonces. A ésos seguro.

Silencio. Espeso. Leopoldo se acerca y me pellizca al pasar. Capto el mensaje y me paro para no romper el silencio. Me llevo mi vaso de vino. Agrego “buenas noches”, en un tono especialmente firme.

Volvemos a cenar Leopoldo, Juan, un par de gauchos y yo. Durante la comida, Juan habla fuerte, no sé si porque no le importa que lo escuchen o para que lo escuchen. Dice que cada pueblo tiene sus tradiciones y costumbres, que ninguno es mejor ni peor, que lo que cuenta es la intención con que te dan lo que pueden, no importa si es mucho o poco.

Abrimos otro vino, nos vamos relajando. Yo me pregunto cómo se les ocurrió hacer este viaje a estos tres argentinos cincuentones, profesionales exitosos adoptados por la burguesía paulista, qué esperaban encontrar.

-Es todo un gran malentendido-, no sé si lo digo o lo pienso, porque el vino y el cansancio van haciendo su efecto. Leopoldo ya tiene puesta y encendida la linterna de minero. Caminamos con cuidado, primero por las piedras, luego por los cabos de las otras carpas, casi pegadas a la nuestra.

III

El tercer día amanece nublado. Nos higienizamos lo mejor posible y nos acercamos al fuego donde se calienta la pava. Los “brasileños” me sorprenden. Ya están abrigados, preparan sus cafés instantáneos y untan queso sobre pan casero. Hablan entre ellos, un poco más fuerte de lo habitual, ya no en portuñol sino en portugués. Un cerro llama mi atención por sus paredes casi verticales.

-Es el Marmolejo-, me explican.

Me quedo en la zona de los mates; el dulce de los gauchos y el amargo de Juan. Me ofrecen el primero y lo rechazo tan educadamente como puedo. Por la acidez, agrego, pero es una verdad a medias. Pienso seguido en las infusiones como indicador de clase. Para los turistas, que oigo de fondo sin mirar, no necesito preguntar, el mate es una costumbre promiscua y antihigiénica. Para nosotros no. Para los que nunca pasamos hambre, el mate amargo es una forma de despertarse, pasar el tiempo e invitar a la conversación. Pero el mate dulce es otra cosa, es “comida”, o un sustituto cuando la comida falta.

Unos cierran cajas, otro aviva el fuego y otro se ocupa de la mesa. Los muchachos trabajan en silencio, algo se rompió anoche. Juan y yo tomamos unos cuantos amargos seguidos, de un jarrito de loza con dos asas y una virgen pintada. Me cuenta que hoy el trayecto es corto, tanto que vale la pena hacer un rodeo para recorrer el caletón y pasar la estación meteorológica.

Juan mira el cielo con desconfianza. Aconseja ponerse todo el abrigo disponible. El viento, la luz y la temperatura, son los previos a una nevada. Pero hace muchos años que no nieva en febrero. Ni siquiera acá.

Se me hace largo y lento el ritmo de mis compañeros para levantar campamento. Leopoldo los observa y me mira buscando complicidad, pero hace frío y yo preferiría estar ya en movimiento. Le digo “vamos” y nos ponemos a disposición de los gauchos para matar el tiempo de alguna forma. A ensillar.

Finalmente salimos, siempre al paso y en fila de a uno. Primero una subida tenue, después un espacio abierto, grande, con una quebrada muy abrupta a nuestra izquierda. Allí abajo corre un curso de agua, aunque se oye apenas por el ruido del viento. Ahí abajo, el caletón tiene una forma perfecta, envidiable para cualquier ingeniero de vialidad. Trotamos un poco y volvemos a andar al paso. Cuando me emparejo con Leopoldo, quiere correrme una carrera, pero logro convencerlo de que tenemos que administrar también la energía de nuestros animales. Entonces vamos lento, observando todo.

Veo muerto entre las piedras un pichón de liebre, medio en realidad, la mitad superior. Algún puma se habrá saciado con las paletas y desperdició el resto. Le pregunto a Carlos, el gaucho docente.

-El puma viene a cazar acá, pero para comer se vuelve a la cueva. Carga la presa entre los dientes y se la lleva. Las paredes del cerro, abajo, están llenas de huecos. Ahí viven ellos. Salen a la planicie a cazar liebre y guanaco.

Nos alejamos un poco del grupo para que yo pueda observar bien, en el límite del vacío. En el suelo veo cantidad de bosta de liebre. Calculo que, para los pumas, esta planicie debe ser como las carnicerías de Samid. Más arriba pasta un grupo de guanacos. Cuando nos ven se espantan y suben un poco más. Imagino que ese es el plato premium, para los pumas más ambiciosos.

Después de eso nos reagrupamos. Algunos desmontan, toman agua o se ponen más ropa. Juan explica que ya llegamos. El trayecto del día era realmente corto. No veo el sol para calcular, pero habremos andado tres horas, tres horas y media. No más que eso.

Juan dice que el punto del campamento de hoy es acá nomás, bajando, que si alguien está muy cansado puede ya quedarse, pero  él aconseja que nadie se pierda el próximo paseo, que es una de sus vistas preferidas de toda la zona. Tras una breve deliberación, acompañamos a Juan todos los adultos y Leopoldo. Sonrío, orgulloso.

Cabalgamos en redondo. Nos acercamos bastante a la ladera por la que subiremos mañana hasta la frontera, luego giramos ciento ochenta grados y volvemos acompañando el curso de agua. Sigo sorprendido por las islas de verde entre tanta aridez y el viento como un azote que no descansa.

Los pumas no se acercan a los hombres, menos si están en grupo. No importa. Atravesamos la avenida principal del barrio de los pumas. Siento una ligera tensión, como cuando entro a un barrio desconocido en el conurbano profundo.

Pero los pumas ni asoman, no somos su target. Llegamos al campamento en medio de una ráfaga que levanta la tierra y lastima los ojos. Liberamos los caballos, ya sin preguntar. No queda otra que refugiarse en uno de esos huecos naturales, porque así sería imposible armar la carpa. Puede volarse y terminar en Chile. Nos acercamos al fuego y lo alimentamos con lo que encontramos a mano, pedacitos de raíces y papeles de envoltorios de comida.

Nada es para siempre y menos acá. Todo pasa. Nos sacamos el frío de los huesos, armamos la carpa y nos volvemos a reunir. Juan, Alejandro y Carlos cocinan a las brasas los últimos pedazos de carne que trajeron. No queda vino. Miramos el fuego en silencio. Los otros no cenan, pero esta vez tampoco avisan.

Luego de nuestra última noche en carpa en la cordillera nos despertamos bien descansados y llenos de energía. Al abrir el cierre y asomarnos, nos recibe un cielo celeste, limpio, y lo más importante, sin una gota de viento.

-No digas “un día peronista”-, me reprende Leopoldo, anticipadamente.

Ya es un pequeño hábito. Leopoldo se hace un nesquik con leche en polvo, yo me arrimo a la zona de los amargos. Los gauchos siguen con sus rutinas. Me llama la atención no ver los caballos.

-Fue Álvaro a buscarlos. Debe estar al caer.

Huelo algo intenso, dulce, en el límite de lo desagradable. Azufre, me explica Carlos, sin soltar su mate dulce. El mineral siempre estuvo ahí, solo que ayer el viento fuerte y arremolinado me impedía notarlo. El agua del río que corre abajo tiene mucho azufre, proveniente de las laderas del cerro. Ahora que me lo señala, entiendo el porqué del tono amarillento. Me dice que no tome esa agua, que mejor la de la vertiente más cercana.

Desarmamos carpas y guardamos todo en tiempo récord. No puedo evitar que una parte de mi cabeza huya, pensando en Buenos Aires, las cosas que hacer y las obligaciones. Los brasileños están como en una sala de preembarque: listos, prolijos, ansiosos. Miran el reloj, caminan hacia uno y otro lado. Percibo cierta inquietud y me acerco a escucharlos.

Las mañanas anteriores, los caballos llegaron durante el desayuno, nunca más tarde, dicen, y tienen razón.

Leopoldo encuentra una lengua verde de hierba entre tanta piedra y se echa a tomar sol. Yo voy de un grupo a otro. De los que esperan embarcar en bussiness a los gauchos que cargan las mulas. Le pregunto a Juan por los caballos. Me reconoce que es rara tanta tardanza. Le habla a Carlos, el más experimentado.

-Si en cinco no están acá, andá a buscarlos vos.

Carlos asiente en silencio.

Pasan los cinco y parte Carlos en su tordillo. Se va haciendo más chico hasta convertirse en una mancha blanca recortada sobre las laderas oscuras. Finalmente, desaparece. Me dejo caer junto a mi hijo. Intuyo que no tendré muchos momentos de descanso en los días por venir.

Trato de no mirar el reloj para no contagiarme la ansiedad del resto. El sol se acerca al centro del cielo. Me incorporo y camino unos metros hacia un punto más elevado y abierto que sirve de mirador. Doy un giro completo, lento, tratando de encontrar algún indicio, una mancha, algo que trote. Juan se acerca. Me pregunta si veo algo. Le digo que no, pero que eso no significa mucho porque el baqueano  es él. Juan sube hasta el final del mirador, justo al borde de la quebrada, y entrecierra los ojos. Bajo de una corrida y tanteo en mis alforjas hasta encontrar los prismáticos.

Vuelvo al mirador. Corro los primeros pasos pero enseguida regulo la marcha. La altura te espera, agazapada, hasta que te descuidás, y entonces te asalta. Llego junto a Juan caminando, la respiración agitada. Miro, busco, pero no encuentro nada. Se los tiendo.

-Hooken. Son buenos.

Pero él tampoco ve nada. Conmigo se sincera, alguna confianza construimos a lo largo de estos días. Quiere llegar a la frontera y terminar cuanto antes su responsabilidad. No por mí, aclara aunque no haga falta. Saca de entre sus ropas un sobre blanco, chiquito, doblado.

-Es el pago de Héctor, el chileno que los recoge con la Trafic. ¿Se lo podés dar vos?

-Claro-, contesto-. Las transferencias internacionales tienen gastos, la guita viva, no. El sobre está bien cerrado. Juan no quiere que terceros conozcan sus costos operativos y a mi el tema no podría interesarme menos.

Le pregunto por los animales que están abajo, a ver si serían suficientes si los caballos de andar no llegan pronto. Hacemos cuentas. Hay uno medio loco que no se monta hace tiempo, pero cree que yo sabría llevarlo. Él podría montar la “marucha”, como llaman acá a la que amadrina a toda la tropilla y lleva un cencerro colgado. Al resto le podría preparar unas mulas silleras, pero le preocupa que alguno se caiga y se golpee. Plan mentalmente abortado antes de comenzar.

-Allá está Carlos-, señala. Veo el tordillo muy arriba, avanza lento y me pregunto por qué tan lejos.

Hasta que llega con los caballos pasa casi otra media hora. Durante ese tiempo, los animales entran y salen de nuestro campo visual siguiendo los recodos del sendero de montaña. Al fin, el ruido de los cascos va in crescendo y una nube de polvo anticipa la entrada. Con los gauchos que quedaron en la base, nos paramos distantes entre nosotros, los brazos abiertos, para hacer un embudo y que entren al “corral” improvisado con una soga atada en L entre tres arbustos.

-Los corrió un puma anoche, por eso se fueron a la mierda. Por suerte no agarró a ninguno-, explica Carlos a los gritos, todavía agitado, sin bajar del tordillo. Qué cagada, me dice Juan, bajito. Los caballos deben estar nerviosos y cansados.

Me pongo a ensillar a la par de ellos para recuperar algo del tiempo perdido. Leopoldo nos va pasando las pilchas de a una. Lo hacemos en tiempo récord. Al fin nos vamos. Le doy un golpecito con la rienda a la Loba y apura un poco el paso. Miro a mi alrededor con avidez, con ojos de despedida.

II

El plan original era salir temprano para llegar al Portillo chileno al mediodía, dejar ahí los caballos y emprender la bajada a pie hasta el río Yeso, descansar un rato en la terma y llegar a Santiago antes del embotellamiento del final del domingo. El último ómnibus con destino a Mendoza sale a las veintidós. Esa es mi hora límite.

Pero pasaron cosas. Salimos tarde y los caballos están cansados. Intento apurar el paso un par de veces pero a la Loba no le da la energía. Está más cerca de aflojar de una mano que de trotar. Decido dejar de exigirla y adaptarme a su paso.

Me pregunto cómo habrá sido para ella la última noche, cuánto habrá durado el asedio del puma, a qué distancia lo tuvo. Pienso en el miedo, la adrenalina y lo que cuesta bajar las pulsaciones y descansar una vez conjurado el peligro. Hay cosas que nos hermanan, nos igualan a hombres y caballos.

En cambio, entre gauchos y brasileños la fractura ya es expuesta. Una vez más, como tantas en mi vida, me queda el rol de administrar y amortiguar las tensiones, las palabras, las distancias. Los silencios. Por ser un gaucho de clase media. O un universitario aprendiz de gaucho.

El camino zigzaguea haciendo unas zetas muy anchas. El monolito que demarca la frontera ya se ve, pareciera que uno podría tomarlo si estirara el brazo. Pero falta recorrer una zeta y otra y otra más. Subimos a paso cansino. Ya no apuro a mi yegua sino que la acaricio, la animo, la consuelo.

Ahora hace calor, a pesar de la altura. Un calor seco, que hace arder los ojos y la boca. Cierro los ojos y recreo mentalmente mi cerveza preferida, la Patagonia Weiss. La imagino casi helada, cayendo sobre un vaso mojado. Es dorada y turbia a la vez, ligeramente amarga, amable.

Parece que no vamos a llegar nunca, pero al fin llegamos. Desmontamos. Leopoldo y yo nos abrazamos, un abrazo fuerte y prolongado. Sus abrazos son más fuertes, eso también es una novedad.

Después me saludo con Juan y los gauchos: Alvaro, Alejandro, con Carlos también nos damos un abrazo. Me acuerdo que me contó que vivió unos años en Cañuelas, laburando de petisero con el polo. Pero, como todo mendocino, volvió a la querencia porque no aguantan mucho lejos de su tierra.  Le digo que si vuelve a cambiar de aire me avise a través de Juan, que tiene mis datos.

Los otros se despiden más fríamente. Las primeras mochilas que bajan de las mulas son las nuestras. Busco entre mis pertenencias hasta encontrar la remera de Grupo Nomeolvides y me la pongo. Les debo a mis compañeros una foto en la frontera.

La frontera es un paso angosto entre dos rocas, demarcada por una torre similar a la de un molino chico, de no más de cuatro metros de alto. En la punta hay una chapa que parece de bronce con los nombres de los dos países grabados del lado que corresponde. Saludo a un par de montañistas chilenos. Me cuentan que hasta no hace mucho, en el medio tambor de aceite relleno de hormigón que recubre el pie, había un libro de visitas y una biblia, pero todo desapareció misteriosamente.

Álvaro se ofrece a sacarnos fotos. Sacamos un par, padre e hijo, con Juan, el guía, con Juan y los gauchos. Le pido que ponga el teléfono en modo filmadora y se acerque. Le hablo a la cámara. No sé lo que voy a decir, pero me reconozco un poco emocionado. Cuando eso ocurre, a la mierda la corrección política, a la mierda todo.

-Vinimos hasta acá porque no se puede amar lo que no se conoce. Para amar a la Patria hay que conocerla, por eso vinimos, tras los pasos de San Martín. Viva la Patria. Patria sí, colonia no. Viva Perón, carajo.

-Salió muy bien-, aclara Álvaro.

Los gauchos aplauden y aprueban. Leopoldo me habla al oído.

-Estás cada día más monto-, me dice, pero esta vez hay más humor que reproche en su tono.

-Macri lo hizo. Vamos, quiero bañarme en las termas y tomarme una birra.

Pero todavía falta para salir. Los brasileños, a pocos metros de distancia, debaten cómo repartir su exceso de equipaje. La discusión se empantana. Pienso la mejor manera de intervenir, porque nuestros destinos están entrelazados.

-Me arrepiento de haberme burlado-, susurro.

-¿Por qué, pa?

-Porque tenemos que bajar juntos. No los podemos dejar tirados.

-¿Me estás jodiendo? ¿Bajar con ellos?

-No se abandona a nadie en la montaña.

-Pero…- calla y me ofrece una mirada intensa, penetrante. -¿Vos de qué tenés ganas?

-De lo mismo que vos, pero las ganas y el bien común no siempre coinciden. Además, nosotros estamos a favor de la alianza de clases. Acá tenemos una oportunidad de demostrarlo.

Es evidente que no está de acuerdo, pero por ahora obedece. Me acerco a nuestros compañeros de viaje. Me cuido de no llamarlos compañeros. Pongo a disposición mi mano libre para llevar algún bolso, en la otra cargo mis alforjas vacías. Sugiero que, si les entran, pasen los brazos por las manijas del bolso como si fueran correas de una mochila. Pregunto si tienen agua a mano.

Partimos. Yo voy adelante, Polo segundo. El primer tramo es pronunciado y obliga a bajar pisando de perfil.

III

Las indicaciones de Juan no fueron muy precisas. “Hay que bajar más o menos una hora”, dijo. ¿Pero una hora al paso de quién? ¿El suyo? ¿El mío? ¿El de unos veteranos que vuelven del shopping? Me propongo ni mirar el reloj para no ponerme ansioso. Hasta hace nada, me orientaba por la posición del sol y seguía mi ritmo natural. Todavía no llegué a la civilización, pero preventivamente recupero mi neurosis.

Me corresponde a mí, que hago punta, señalar el camino, que por momentos se borra un poco. Después de bajar un buen trecho, se ve un curso de agua abajo. Es una buena señal, la terma debería estar cerca del arroyo, aunque no la vea todavía. Hacemos un par de paradas para reagruparnos. Los dos últimos brasileños quedaron muy atrás y si necesitaran ayuda no los escucharíamos. Vienen sudando y boqueando. Llevan un bolso en la espalda cada uno y otro a medias, de las manijas.

El recorrido del cruce.

Esta vez no ofrezco ayuda. No hay margen para cortesía ni vergüenza. Simplemente tomo la manija del bolso Samsonite y le dijo a uno de ellos, el más canoso, que se adelante, que después rota con su hermano. Agradece y se apura a bajar.

Al cabo de una hora, llegamos al arroyo. Bebemos y recargamos cantimploras. Voy a extrañar el agua de deshielo, fresca y limpia. El sendero sigue del otro lado y las termas no se ven. Desde unas carpas cercanas, un hombre se acerca a saludarnos y conversar. Uno de los brasileños adultos pregunta por las termas. El acampante, claro acento chileno, le dice que están como a dos horas. La respuesta les resulta devastadora. Se dejan caer, se sacan el calzado. Pareciera que piensan en acampar. Leopoldo me mira, esperando una respuesta de mi parte.

-Pueden ser dos horas para él, que hizo el camino en subida. En bajada, tiene que ser mucho menos. Así que si quieren descansamos cinco minutos y seguimos.

Antes de que pasen los cinco minutos, uno de los adolescentes, creo que Eduardo -lo llamaban Dudú- sale como disparado, sin mirar atrás.

-Vamos-, le digo a Leopoldo y retomamos el camino.

-Pa, ¿puedo ir adelante?

-Sí, mejor.

Veo caminar a mi hijo. En él asoman algunos rasgos del hombre que será en unos años. En la vida cotidiana es uno más, a veces hasta uno menos, vago para poner la mesa, vueltero con sus responsabilidades, pero en momentos críticos tiene una entereza y una serenidad que admiro.

Subimos y bajamos varias veces. Dudú, que sigue en su loca carrera, entra y sale de nuestro campo visual según las ondulaciones del terreno. Me pongo filosófico.

-Ahí lo tenés. La prueba del fracaso del modelo de vida meritócrata.

-¿De qué hablás, pa?

-A ese pendejo le sobra energía. Podría usarla para ayudar a su papá y sus tíos, pero la usa para huir de ellos. Le ponemos más onda nosotros, sin conocerlos, que él.

-A lo mejor es por eso mismo.

-¿Qué cosa?-, pregunto, porque no entiendo.

-Que huye de ellos porque los conoce.

La lógica de Leopoldo es implacable. Me deja unos segundos pensando.

-Está bien. ¿Pero vos me dejarías atrás así a mi?

-No, tonto.

-Entonces tengo razón.

La distancia entre nosotros dos y los que vienen atrás crece, pero no me preocupa. Ya se ven las termas y el camino está perfectamente marcado. Nos reuniremos todos abajo, tarde o temprano. Además, disfruto la compañía de mi hijo.

Llegamos a una quebrada. Abajo, muy cerca, están las termas, los autos estacionados, los vestuarios, las parrillas. Pero entre ese oasis y nosotros, se interpone el río Yeso. Me acuerdo la lección del Tunuyán y la asocio con el silogismo retórico, una figura que enseñamos en los talleres de argumentación. Premisa general, los ríos de deshielo se cruzan bien temprano. Premisa particular: el Yeso es un río de deshielo. Conclusión: estamos mal.

Nos sentamos en las piedras a mirar el paisaje en perspectiva y estudiar por donde cruzarlo. No parece profundo, pero corre fuerte. Buscamos el punto más angosto y calculamos el trayecto saltando de piedra en piedra.

Ya estamos por saltar, cuando vemos a un hombre y una mujer que nos gritan y gesticulan, casi con desesperación. Llevan unas remeras color naranja que dicen “guía de turismo”.

Con esfuerzo logro entender lo que dicen. Tenemos que cruzar por otro lado. Y con sogas, porque la corriente está fuerte.  Hay poca agua pero muchas piedras. El que pisa en falso o cae, se golpea y chau. Un último desafío.

Héctor, así se llama, se anuda la soga a la cintura y me la tira. Yo dejo la mochila de Polo en un lugar seco y hago lo mismo. Primero cruza Leopoldo, pero en el apuro no se enreda el codo sino que se agarra apenas con la palma de la mano. Da los primeros pasos sin problema, tal vez se confía y afloja o tal vez es la corriente. Cae. Se suelta.

Me meto en el río y antes que nada, lo tomo con mis dos brazos. Ahora tenemos que volver a pararnos, pero la corriente nos empuja en sentido contrario. Con toda mi fuerza, y un poco más también, lo empujo hacia arriba y adelante. Ya alcanzó la otra orilla. Sale primero y yo tras él. Nos abrazamos. Primero entre nosotros, después con Héctor y su mujer. Nos va a tomar un rato dimensionar el riesgo que enfrentamos.

Héctor me cuenta que nos esperan desde hace horas, que ya estaba por irse porque creía que no vendríamos, que a esta hora el puesto de migraciones ya debe estar cerrado. Le agradezco la paciencia y la ayuda, pero tenemos otra prioridad: evitar la hipotermia. Está cayendo el sol y estamos empapados por el agua helada.

Mi mochila se mojó. En la desesperación por ayudar a Leopoldo, ni siquiera me la saqué. Busco la única toalla que tenemos, menos mal que se me ocurrió traerla, y se la tiro a Polo. Por fortuna está seca. Le ordeno que vaya rápido a la terma, que está como a cien metros, que deje toda su ropa apilada. Yo voy a cruzar de vuelta a buscar su mochila y lo alcanzo enseguida.

-Estamos los dos igual de mojados. No es justo que yo te espere allá todo calentito. Prefiero esperarte

Me emociona su generosidad, pero no es momento de discutir órdenes ni explicarlas.

-Andá, hijo. Por favor-. Hay un tono de por favor que todavía funciona.

Traigo las mochilas, saco de ellas la ropa más seca -o menos mojada- y me la quedo. Cargo el equipaje en la van de Héctor, que todavía tiene que esperar y ayudar a cruzar al resto del grupo. Me ofrece una cerveza que debe haber estado fría a la hora señalada.

El agua caliente, volcánica, es un remedio mágico. Contra el frío, el cansancio y la angustia.

-No vamos a llegar al micro de la noche-, me dice Leopoldo.

-No importa. Buscamos un hotel cerca de la terminal, dormimos bien y salimos mañana temprano.

-Dale.

Hacemos la plancha, tiramos unas brazadas. Discutimos qué de todo esto contar al resto de la familia cuando lleguemos. Acordamos una versión descafeinada, apta para su madre, su madrastra y su hermana, para que el precedente no interfiera en futuras aventuras. Administrar la verdad no es mentir.

En mi cabeza, una voz anónima me pregunta para qué todo esto, qué sentido tiene, si lo tiene realmente.

-Para tener vivencias, para recordarlas, para poder contar. Para narrar historias.

Contesté en voz alta, sin darme cuenta, como si mis fantasmas cuestionadores estuvieran ahí, en el agua, recuperándose con nosotros del esfuerzo.

-¿Pa, me hablaste a mi? ¿O estás hablando solo?

-La verdad, ninguna de las dos cosas.

Compartí en tus redes sociales:
Tweet about this on Twitter
Twitter
Share on LinkedIn
Linkedin
Share on Facebook
Facebook