Crónicas del cruce II

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Después de una subida escarpada, en primera, incluídas un par de paradas para “bañar” el radiador por fuera con agua de arroyo por falta de viento, el último punto al que se llega en cuatro por cuatro es el refugio Scarabelli.

A unos tres mil doscientos metros sobre el nivel del mar, cerca de un arroyo, se erige esta construcción precaria de propiedad municipal, con techo bajo, paredes de piedra y piso de tierra. Un comedor con un fogón, dos dormitorios con cuatro camas marineras cada uno sobre las que acomodamos recados y bolsas de dormir y un baño de acceso externo. Afuera hay un corral para caballos y mulas. Acá pasamos una noche y empezamos a asimilar la altura, para partir a la mañana siguiente. Hacia arriba, por supuesto.

El sol se esconde detrás de la ladera de un cerro y la temperatura cae en picada. Tenemos que abrir las mochilas y ponernos algo de ropa térmica. Juan aconseja comer poco para acostarnos livianos, pero el menú es pollo al disco, uno de nuestros preferidos. Me ofrezco a colaborar en la cocina, pero los gauchos rechazan la ayuda muy educadamente.

Cenamos en mesas separadas, en una los viajeros y en otra los baqueanos. Me choca un poco esa división pero así es la cosa: algunos estamos de viaje, otros laburando. Poco vino, nada de canto ni guitarras. Se percibe en el aire cierta tensión por el día que nos espera.

Hace frío y todavía no amaneció, pero abro los ojos instintivamente. Dos, tres segundos después escucho el ruido y enseguida la voz de Leopoldo. “Pa, vomité”. La combinación de tres mil y pico de metros de altura y dos platos de pollo al disco con papas, zanahorias y cebollas es demasiado para su estómago. Me acerco, lo abrazo, lo acompaño a limpiarse. Ya es de día, tenemos una larga jornada por delante y él está apunado y débil. No es el mejor comienzo.

Comparto unos mates amargos ahí fuera con los gauchos, directo de la pava, sobre una parrilla improvisada con hierros de construcción. El que parece el jefe, Carlos, tiene uno de esos rostros tallados por el viento, de edad indescifrable, y una tonada cuyana muy característica. No quiero parecer descortés y hago un gran esfuerzo por descifrarlo. Me tiende una taza de plástico, tapada con un plato. “Té de coca, para el pibe. Primero déjelo infusionar bien”.

Leopoldo lo toma a pesar del sabor amargo. Me siento a su lado mientras  los miramos ensillar. Ofrezco ayuda, que otra vez es amablemente rechazada.

-Vos sos de los que no pueden estar quietos-, me dice Juan, que me conoce hace menos de veinticuatro horas.

Leopoldo sube a un tordillo, yo a una yegua alazana que tiene bien marcada la hendidura encima del ojo izquierdo. Le calculo unos trece o catorce años mínimo. En vez de bastos, acá se usan unas estructuras de madera, como las sillas de montar, y arriba le tiran el cojinillo -lo llaman peyón-, que queda perfectamente calzado.

-Para que no se deslice en las subidas y bajadas-, me dice Carlos, que a esta altura ya es mi instructor en costumbres cuyanas.

Vamos de a uno, siempre al paso. Juan el primero, Carlos cierra la fila. Me maravilla que sean capaces de distinguir la senda: para mi todas las piedras, todos los picos y laderas son iguales. Así pasa el primer par de horas de subida. Nos llama la atención un omnibus abandonada en el medio de la nada. Era de Vialidad Nacional, vino a hacer un relevamiento, pero quedó ahí y el viento lo fue desarmando. Me acuerdo de “Into the wild”.

Leopoldo vomita el té de coca, lo único que cargaba su estómago, pero no desmonta ni suelta las riendas. Me acerco a él, lo veo pálido, le doy agua. Juan me lleva donde nadie puede oírnos y me pregunta qué hacer. Le digo que seguimos, no tengo dudas. Vendrán horas duras, pero confío en que se va a aclimatar y recuperar. Espero no equivocarme.

Cuando la superficie lo permite, le cabalgo a la par. Si hay laderas o quebradas, me pongo de ese lado. Me aterra que se desmaye, caiga y ruede. Ese día, ni el clima ayuda. Ahora que el sol llegó al centro del cielo, hace un calor seco que lastima y obliga a sacarse capas y capas de ropa. Pero basta que una nube se interponga para que tengamos que abrigarnos nuevamente.

Quisiera llevar a Leopoldo enancado y tirar de su caballo, pero las monturas cuyanas son rígidas y no lo permiten. Al fín, en las primeras horas de la tarde llegamos al portillo argentino. Es una quebrada en forma de U, casi perfecta, atravesada por el paso, y representa el punto más alto de nuestro recorrido. Está mil doscientos metros más arriba que Scarabelli, cuatro mil quinientos en total. Lo peor ya pasó, me digo. Hora de descansar, estirarse y, sobre todo, hidratarse.

 

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