De urbanita a chacarero, primera crónica

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El sol, a punto de completar su parábola, se cubre con los eucaliptos de “La Dorita”. En media hora, tal vez un poco más, será de noche. Ahora el cielo es de un azul limpio e intenso, con franjas de reflejos anaranjados, cada vez más horizontales. Es la hora mágica: la de prender la salamandra en invierno, la de sacarse las botas y ponerse las alpargatas o quedarse en patas si es verano. La de sentarse en la galería con un mate espumoso, escuchar y contemplar en silencio.

 

El viento vence al freno del molino y lo hace girar a su pesar. Entonces, los árboles que planté, que tienen  cinco años los más longevos, se sacuden hacia uno y otro lado, aferrados a sus tutores, porque en eso les va la vida. Más allá de mi tranquera, por el terraplén de la vía abandonada, la caballada va en busca de algún bajo donde beber, cosa difícil con esta seca. Cada tanto, se detienen justo enfrente mío. Nos miramos extrañados. Con un poco de suerte, en unos años, la cortina de casuarinas que planté, por ahora  raquíticas, dificultará ese contacto.

 

También es la hora de contemplar el trabajo del día. Hoy, entre otras cosas, completé uno de los tramos de alambrado que separará el monte y la casa de la zona de pastoreo y vacié el tanque australiano que usamos como pileta. No quiero que ningún ternero sediento vuelva a caerse adentro. Cuando termine de alambrar, volveremos a refrescarnos en el tanque. No antes.

 

Para alguien acostumbrado al trabajo intelectual, ver el propio esfuerzo traducido en resultados materiales es impagable. Primero fue un descubrimiento gozoso, luego una sensación necesaria, que se fue haciendo adictiva hasta volverse indispensable. Y una de las respuestas posibles a la pregunta que dispara estas líneas: ¿cómo llegué acá? ¿qué estoy haciendo?

 

La primera respuesta podría ser la cronológica. Explicarme este aspecto de mi vida por una secuencia de hechos entrelazados. En esto soy borgeano, no creo en casualidades. Veamos.

 

Fui un niño de departamento. No accedí a más verde que el de las plazas de la ciudad. Desde la adolescencia, tengo exceso de energía. Me llaman eléctrico o hiperkinético. Los que me conocen menos, me creen merquero. Pero no hay nada químico en esto. La explicación puede ser astrológica, genética o psicológica, pero no química. Visto de afuera parece divertido, hasta envidiable. Pero la hiperkinésis puede ser una tortura. Detrás de esa fachada de vitalidad e impulso permanente, hay una incapacidad. La incapacidad de descansar, de relajarse. Aprender a domar esa bestia, ponerla al servicio de uno mismo, si ocurre, lleva años de lucha.

 

Era bastante pibe cuando un psicólogo me dio la receta. “Deporte, mucho deporte. Todo el que puedas. Tenés que cansarte así hacés menos cagadas”. Le hice caso. Tenía veintitantos cuando empecé con el windsurf, en las costas de Acassusso, en la zona norte. Entonces comprobé que es cierto, los porteños vivimos de espaldas al río. Me enamoré del río y quise pasar en él tanto tiempo como pudiera. En lo posible, arriba de una tabla. Empecé a prestar atención a las conversaciones sobre salidas de fin de semana a otros spots con buen viento. Así escuché hablar de Punta Indio.

 

Fui por primera vez un domingo de otoño, hace ya muchos años. Me sentí inmediatamente llamado por el lugar: el verde de la llanura entremezclado con el marrón imponente del río, las casas dispersas, las calles de conchilla. El silencio imponente. Tuve una visión, que se parece mucho a lo que vivo ahora. Volví a Buenos Aires. Todavía no era el momento.

 

La tragedia nacional 2001-2003 me pareció buena excusa para viajar un poco, estudiar, pensar, seguir buscando mi lugar en el mundo. Volví del viejo mundo con un apego por la patria que no había sentido antes y una pequeña esperanza, alentada por el flaco bizco que acababa de asumir la presidencia.

 

Pero no es fácil partir ni es fácil volver. Cada movimiento genera algo así como un jet lag emocional y hay que reacomodar el espíritu. Me vine otra vez a Punta Indio, sólo, a lamerme las heridas. Acampé junto a la playa. Me quedé cuatro o cinco días. Sentí el mismo llamado de la vez anterior, pero más fuerte y sin interferencias.

 

Busqué un rancho o casa para alquilar. Era difícil: había propiedades en venta y alquileres turísticos, de unos pocos días. Yo buscaba una vivienda semipermanente. Tardé en encontrarla. Meses. Estaba a la vuelta de la Sociedad de Fomento. Era una de cuatro casas hermanas, presumiblemente construidas en los cuarenta. Apenas un estar con hogar en un rincón, un cuarto y un baño, un pequeño fondo, con los yuyos por la cintura. Estaba deteriorada. No me importó. Levantarla fue mi terapia. Corté pasto, sellé grietas, lijé aberturas, quemé basura. Disfruté cada uno de esos trabajos, tanto como una buena navegación. Me relacioné amistosamente con mis vecinos. Navegar ya no era todo.

 

Pasé en esa casita, “La Contemplación”, cinco o seis años. Enseñé artes marciales a los chicos en la sede -así llaman los costeños a la Fomento-, apoyé a un candidato intendente, ayudé a apagar incendios, adopté perros, recorrí la zona con obsesión, en auto, bici, kayak o yegua. El trabajo de parto de mi hijo mayor comenzó ahí.

 

Gracias a un acierto -todo azar, nada de talento- con un fondo de inversión de Petrobras, dupliqué lo que había puesto y me hice de unos mangos para comprar un terreno. Media hectárea, lindera con otra media hectárea que, según mi investigación, acumulaba décadas de deuda y podía tomarse. Fui el feliz propietario de una hectárea en la zona del monte. Ya casi no quedaban terrenos de esa dimensión. Punta Indio se volvía urbano, turístico. Se loteaba y construía a ritmo veloz.

 

Nosotros también construimos. Dos habitaciones, quincho, galería, techo de loza para seguir para arriba. Le pusimos “Sol de enero”. Mi segunda hija, Mora, había elegido el mismo mes para nacer.  

 

“Más terreno, más gastos”, me dije, y empecé a pensar en opciones productivas viables en un minifundio. Así recorrí los arándanos, las ranas, los caracoles y llegué a la nuez pecan. En Verónica vive uno de los mayores expertos en frutas secas del país, que asesora y alienta a los productores locales. Planté sesenta árboles en el fondo. Aprendí a manejar el monte: regar, fertilizar, podar, combatir la hormiga y defender los árboles de la liebre. Un año después, el mismo agrónomo me pidió que lo acompañara a ver un campo en Las Tahonas, unos veinte kilómetros hacia adentro. En el camino, me explicó.

 

-El dueño es cliente mío. Tiene cien hectáreas ganaderas. Se le quemó la casa y necesita vender una fracción para construir otra. Vos cuidas bien tus árboles, sos dedicado. Es hora de que tengas una plantación de verdad y esta loma es ideal.

-Pero yo no tengo un mango.

-Vos mirala. Lo de la guita se verá después.

 

Fui. La caminé. Me entusiasmé. Me imaginé. Me endeudé. Compré. Le puse “La Marcelina”, en homenaje a mi abuela materna. El plan original era plantar unos quinientos árboles y montar un galpón. Nada más. Mi casa era la de la costa, no necesitaba otra. Podía ir y venir desde ahí cada día si era necesario.

 

Poco después vino el cambio más abrupto. Separación, divorcio, guerra por los bienes. La batalla más dura fue por “Sol de enero”. Un año de tironeos en los que la casa se fue deteriorando, el pasto alto y las alimañas conquistándola poco a poco. Un año en el que mi nueva -y actual- pareja se negó a dormir en una casa que desbordaba de recuerdos recientes y mi ex se empeñó en ocuparla a pesar de no saber ni abrir la tranquera.

 

Cada uno por su camino llegó a la misma conclusión. Desistimos. La pusimos en venta y nos repartiríamos la guita. Asumí que tenía que empezar de vuelta en “La Marcelina”. Para entonces, el duelo, que había parecido eterno e insuperable, estaba concluido y me sentía más bien entusiasta. Con la venta de “Sol de enero”, podría construir algo más chico, simple y funcional.

 

Pero pasó el tiempo y “Sol de enero” no se vendió.  Harto de sentirme “sin techo”, de dormir en casas prestadas o en el hotel de Pipinas, decidí empezar a resolver, aunque fuera parcialmente, con los recursos que tenía.

 

Compré un container. Lo convertí en vivienda. Ese trabajo fue mi terapia en un año difícil. Aprendí mucho. Cometí errores. Me lastimé las manos, me dolió la cintura. Comí sanguches de salame y queso en pan lactal. Coloqué machimbre. Puse fuerte la radio de la chata para no sentirme tan solo. Atornillé aberturas. Dormí en el piso, sobre una frazada vieja.  Hice pozos y zanjas. Me hice amigo del taladro, la amoladora, la motosierra, el nivel. Puteé cada vez que un corte de luz interrumpió mis tareas. Traje muebles que fui garroneando acá y allá. Celebré -celebramos- cada avance con asado y vino tinto.

 

Hoy en las paredes de la lata hay fotos familiares y cuadros pintados por Ana. Gracias a internet, podemos escuchar música o ver películas. Tenemos salamandra, aire acondicionado, hasta una cava. Esos pocos metros cuadrados son el hogar en el que más a gusto me sentí en toda mi vida. A mi vieja le cuesta acertar con los regalos, pero esa vez metió un pleno: placa azul, letras blancas, como los carteles de las calles de París. “Maison du bonheur”, dice, y preside la casa.  Toda una señal.

 

Terminada la construcción, volví a cuidar mis árboles. Los últimos dos años, enrollé pasto para vender. Ahora traje unas vacas a capitalización, pero no descarto mi propio rodeo en unos años. Tengo huerta, gallinero, caballos. Soy chacarero. Inexperto, novato, terco, lanzado, admirador de los gauchos y respetuoso aprendiz de lo campero. Chacarero.

 

Paso en la chacra La Marcelina, paraje Las Tahonas, partido de Punta Indio, tanto tiempo como puedo. Muchas veces estoy en Buenos Aires o en otra ciudad y mi espíritu viene acá, como si no pudiera permanecer lejos demasiado tiempo.  Acá transcurren casi todas las historias que escribo, así que me parecía justo retribuirlo de alguna manera. Acá, en la  Casa de la Cultura, coordino un taller literario. Militancia cultural, le dicen.

 

Esta es, al menos hasta hoy, la empresa de mi vida. Aunque son tres en una, casi indisociables. Habitar La Marcelina, criar a mis hijos y escribir.  No consigo imaginar como serían la segunda y la tercera sin la primera.

 

Se hizo un poco larga, pero esa es una respuesta posible a la pregunta sobre qué hago acá. La otra es más ideológica. Hay otra ruralidad, que no es la de la soja en silo bolsa ni la Hilux nueva cada año.

 

La ruralidad de las clases medias y populares, que no tienen a quién darle órdenes porque la escala de su unidad productiva no lo permite. Una ruralidad que es una batalla cuerpo a cuerpo, un esfuerzo cotidiano, que te enseña a vivir cerca de la tierra, a quererla y respetarla. A celebrar los pequeños triunfos y aceptar nuestra insignificancia. A entender que la misma lluvia que ayudó a florecer a la santa rita, se metió por las aberturas del comedor, por ejemplo.

 

Febrero de 2018

 

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