Disparar sobre el Papa, la mala estrategia de los medios argentinos

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Al omitir la Argentina como destino en su gira latinoamericana, el pontífice no desaira a Macri como sugieren ciertas lecturas apresuradas, sino que evita confrontarlo de manera frontal y explícita en su momento de menor popularidad.

En su afán por sobreactuar su alineamiento con el gobierno nacional, los principales medios cuestionaron y atacaron a Francisco, exponiendo una vez más sus limitaciones. Con amigos así…

Es cierto que nuestra historia tuvo a Angelelli, a Mujica y a los palotinos, así como hoy tenemos a los curas de Opción por los Pobres, pero en honor a la verdad, estas expresiones nunca han sido las dominantes al interior de nuestra iglesia católico. Han representado más bien, honrosísimas excepciones. Voces disidentes.

Tal vez por eso, por las prolongadas relaciones carnales que la cúpula eclesiástica ha mantenido por décadas con el poder económico y con la dictadura, es que el establishment en general y los medios en particular, no terminan de entender a Francisco ni calibrar sus expectativas con él. Oscilan entre la sorpresa -todavía- y la indignación.

Ya se ha dicho y escrito muchas veces: Francisco no es Bergoglio. El líder global, el representante de Dios en la Tierra y máxima autoridad del estado Vaticano no se parece mucho a quien fuera arzobispo de Buenos Aires hace apenas cinco años. ¿Cambió? O es un estratega que supo y sabe elegir muy bien cuando mostrar las cartas. El don de la oportunidad, el timing, es una cualidad importantísima en un líder político y en un guerrero, que vienen a ser, en este caso, más o menos lo mismo.

Francisco es jesuita. Los jesuitas son guerreros. Luego… Ejercicio básico de deducción lógica. Francisco es un guerrero del evangelio, que lucha por recuperar el sentido de esas palabras, por ponerlas en valor y en acción en la vida de los cristianos. Esa misión histórica que le fue confiada y que él asume lo coloca justo enfrente del neoliberalismo, que es el nombre que hoy damos al fariseísmo, y que ataca la dignidad presente y futura de la humanidad, a nivel global.

Esa es la dimensión en la que deben considerarse las posiciones, los documentos y los gestos del papa y no con un estrecho enfoque de política doméstica. No se trata de Macri, claro que no. Se trata de que lo que él representa, como Piñera en Chile o Kuczynski en Perú.

Se equivocan los que aún hoy, con un lustro de papado encima, esperan un papa que esquive los conflictos y se comporte como una figura decorativa. Encarnar su rol cabalmente, como buen jesuita -y defensor de la tercera posición- no puede llevarlo a otra posición que no sea la de denunciar y combatir este sistema y la desigualdad que genera. Esta vez, Dios está con las víctimas y no con los verdugos. Las opciones son claras.

En este contexto, no pisar su país natal puede y debe considerarse como algo personal, una deferencia o un gesto piadoso. Basta con imaginar esas mismas declaraciones a favor de la Patria Grande y en contra del neoliberalismo en Alto Comedero, Jujuy, a las puertas del penal, en alguna castigada villa del GBA o rodeado de representantes mapuches. ¿Cómo hubiera quedado entonces el gobierno? Malherido, sin duda.

Atacar al Papa por esto, desde el coro mediático oficialista, es un error grave. Está claro que no pueden agradecerle en público, pero perdieron una excelente oportunidad de disimular su miopía.

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