Guillermo & Antonio

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Con la excusa de despedir a su amigo Dal Masetto, Saccomanno produjo una punzante reflexión sobre la literatura, la vida y la amistad. Más específicamente, sobre lo que implica vivir para escribir. Y viceversa.

 

El que termina fue mi primer año como coordinador de un taller literario. Intenté prepararme para mi rol leyendo varios libros sobre el oficio de escribir. Libros de “cocina literaria”, por llamarlos de alguna manera.

 

Me impactó la simpleza de “Las clases de Hebe Uhart”, tanto como la honestidad de Norman Mailer en “Un arte espectral. Murakami completa mi podio personal con “De qué hablo cuando hablo de escribir”. Me sumergí en “Antonio”, el libro que Guillermo Saccomanno le dedica a su amigo Dal Masetto, pensando que era parte de este mismo subgénero.

 

Pero no. Saccomanno va más allá. Mucho más allá. Por empezar, el lector se siente un voyeur, un tanto avergonzado, de la íntima amistad entre dos grandes escritores (uno circunstancialmente maestro, el otro discípulo). Como si espiara por una cerradura o se robara unas cartas que no le están destinadas.

 

En esas cartas, o en esa única y extensa carta con formato de libro, se reflexiona sin concesiones sobre la vida –la vida de escritor, la que hemos elegido o nos ha elegido a nosotros-, aunque duela. La soledad, la familia, el trabajo, el escabio. Todo está ahí, puesto en discusión. ¿Nos aislamos para escribir? ¿O escribimos porque somos seres solitarios? ¿Somos padres ausentes porque nos retiramos a escribir cuando nuestros hijos nos reclaman? ¿O somos malos escritores que abandonamos a nuestros personajes ante el primer planteo de un hijo? ¿Escribimos para que nos lean? ¿O para saldar cuentas con la vida?

 

Y el escabio, siempre ahí, acechando. La tentación de los bares, las distracciones que nos alejan del trabajo. El enemigo perfecto, capaz de devolver la medida exacta de uno mismo. “¿Laburaste?”. “¿Estás tomando?”. El autor recupera las preguntas, paternales y amorosas, que le hacía con frecuencia su amigo. Las dos no se pueden. Se bebe o se escribe. Y la frase que empuja a seguir, a enfrentar el vacío: “lo que no escribas, nadie va a escribirlo por vos”.

 

El libro es también una crónica de la amistad entre dos grandes escritores. Dos tipos que, por fuerte que soplara el viento, por dura que fuera la tormenta, heridos o malheridos, igual se sentaban a escribir. Cuenta Guillermo que Antonio acariciaba su computadora antes de empezar, como quien convoca a los espíritus.

 

“¿Escribiste?”. “Algo siempre viene”. Siempre que te sientes, claro.

 

 

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