Hay que ver “Hater”

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Frente a la manipulación e incitación al odio, la indignación moral no es suficiente. Para responder políticamente hay que comprender el fenómeno. La película ayuda.

Si, como dice el refrán, “una imagen vale más que mil palabras”, entonces tal vez esta película de origen polaco, disponible en Netflix, haga más por ayudarnos a entender la posverdad, la tecnopolítica, los discursos de odio y la agenda de las emociones que muchas conferencias, seminarios y textos académicos. El guión tiene algunos agujeros, pero no afectan su valor pedagógico. Hater cuenta con la potencia del ejemplo, del caso práctico.

Un muchacho de pueblo, ambicioso e inescrupuloso, venido a la gran ciudad para estudiar derecho, es expulsado de la universidad por plagio. Desde entonces, sus expectativas de movilidad social dependerán de su trabajo en una agencia digital. 

Primero, para cuentas comerciales y trabajos menores, pero su habilidad para comprender, intuir y manipular la profundidad y la dinámica de las pasiones humanas más bajas lo lleva rápidamente a las ligas mayores, a la política.

Tomasz, el protagonista, conoce a la perfección el desencanto, el vacío, la falta de horizonte de los de su clase en la sociedad posindustrial y precarizada. Los conoce porque los siente. Y sabe cómo excitar en otros esas pasiones a través de las redes, cómo poner ese  resentimiento en acción, hacerlo visible. Claro, una vez abierta la caja que guardaba los demonios, no hay más garantías y nadie está a salvo.

Durante casi todo el siglo pasado, los teóricos de la comunicación discutieron acerca del poder e influencia de los medios masivos de comunicación. Algunos hoy ridiculizan los planteos más pesimistas, como si la discusión hubiera sido saldada. Pero, más allá de si la discusión del siglo pasado se saldó o no, hoy deberíamos abrir otra nueva, muy distinta. 

Los medios masivos eran grandes megáfonos, capaces de repetir ciertos mensajes ad infinitum, pero sordos e incapaces de saber nada acerca de sus destinatarios. El poder de los medios digitales, en cambio, reside en toda la información que pueden obtener y procesar de sus audiencias… y susurrarle al oído a cada uno las palabras justas, con total independencia de los hechos o la verdad. 

Palabras que a su vez movilizan e integran en un colectivo a sujetos dispares, hasta recién aislados. Es este fenómeno el que deja poco espacio para derechas liberales democráticas tradicionales y las obliga a radicalizarse para no desaparecer, como ocurre por ejemplo con Vox y el PP en España, entre el Front Nacional y UDF en Francia o entre las dos facciones de JxC en Argentina. 

Pero, acaso aún más escalofriante y preciso que el funcionamiento de las redes sociales para exacerbar posiciones reaccionarias, xenófobas, homofóbicas -y porqué no anticuarentena-, es el retrato que el film hace de las élites. Progresistas, cultas, pagadas de sí mismas, con un desprecio apenas disimulado por los “bárbaros”, que adhieren al fanatismo o al populismo, cada vez más encerradas en su burbuja de privilegios e incapaces de comprender lo que ocurre delante de sus ojos.

“Hater” da cuenta de un fenómeno global, con un peligroso capítulo local. Verla ayuda a entender unas cuantas cosas… Antes de que nos gobierne Patricia Bullrich.

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