Hugo, el villano equivocado

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Una multitud se reunió ayer para repudiar el modelo económico. El gobierno esta vez eligió mal a quién pegarle y sumó uno más a la cadena de horrores que empezó  en octubre. De Disney a Dickens, los líderes opositores también deben construir y exponer villanos con maestría. La realidad ofrece elementos de sobra.

Durán Barba ha repetido hasta el hartazgo que la fórmula de su éxito es tratar a los votantes y la opinión pública como si fueran niños de ocho años. Claro que no comparte las precisiones ni los detalles del cómo. Es un secreto tan rentable –y por eso tan protegido- como la fórmula de la coca cola. Por eso hay que hacer el esfuerzo de inferir y deconstruir su comunicación.

La posverdad contradice a Saint Exupery. Lo invisible a los ojos, aunque sea esencial, no existe. Por eso no pasa nada –todavía- con Panamá Papers. Son asientos contables, ceros y unos en el ciberespacio. Se descarta por abstracto. Por aburrido. Por inasible.

Meses atrás, en busca de una hipótesis, hablábamos del “Modelo Disney”. Producciones audiovisuales con guiones cuidadosamente estudiados, antihéroes que son, para la clase media, lineal y grotescamente malos, en lo posible negros, gordos, feos y peronistas. Su antagonista es la princesa del reino bonaerense, el hada que combate las mafias. A veces queda la duda, para los paranoicos que acertamos por pensar mal, sobre la espontaneidad del comportamiento de los malos. Se portan tan mal, que huele a acuerdo previo.

El primer hit fueron los bolsos de López, pero la maquinaria se siguió perfeccionando. Con el Caballo Suárez salió bien. Después se supo que el gremio había engordado por los ñoquis de Triaca, pero eso es otra cosa. Con el supuesto “Rey de La Salada”, Jorge Castillo, que no es peronista sino radical y aportó lindas valijas a la campaña de Cambiemos, salió mejor todavía. El hombre se defendió a escopetazos ante las cámaras. No se puede pedir más. ¿No se puede? Sí, se puede.

El pico se logró con el Pata Medina. La sociedad en vilo durante veinticuatro horas; un capo mafia a lo Tony Soprano promete resistir a la policía, mientras su escolta personal exhibe a los movileros las molotov, las facas, los palos, las cadenas, etc. Para los mayores de cuarenta, fue un martes convertido en Sábado de Super Acción.

Pero el rendimiento de un truco decrece con las repeticiones. La detención de Balcedo casi no fue celebrada por los videoniños que conforman su target. A pesar de molestar al gobierno con la osadía de persistir con el periodismo desde el Grupo Octubre, Víctor Santa María les cuesta. Es un sindicalista atípico, que no encaja en el sencillo molde del formato. Culto, vegetariano, maratonista, posiblemente no maneje cash ni armas. No da el physique du rol. Pero eso es apenas una mano errada, una trompada al aire. El gran error de producción fue citar al casting a Moyano. Al Negro. Hugo.

En progresivo retiro, que algunos llaman poéticamente aterrizaje suave, después de haber apoyado al actual presidente en 2015, Moyano se dedicaba al fútbol. “No me jodas, no te jodo”, parecían los tácitos términos del acuerdo. Incautos, imberbes, los niños bien fueron por él. Olvidaron varias cosas. Uno, la capacidad de movilización y presión de Camioneros. Dos, más allá de sus sinuosidades recientes, en tiempos de Menem y la anterior Alianza, el dirigente se ganó un prestigio importante que no va a entregar ahora, a los cuarenta minutos del segundo tiempo de su extensa carrera. Tres, la pradera está seca, amarilla. Cualquier chispa la encenderá.

Varios oradores de ayer parecen haber entendido a Durán Barba y la importancia de construir un buen villano. “Si buscan ladrones, vayan a Balcarce 50”. “Si confían en este modelo, traigan la guita que tienen afuera”. “¿Qué CEO puede vivir con $4500?”. “Que los gorilas no sigan gobernando este país” es, en los términos del principal orador de ayer, lo más parecido a una autocrítica.

Aunque Disney también nos provee de malos ricos, bien perfumados y mejor vestidos, como el insufrible Gastón que aspira a conquistar a la Bella de “La Bella y la Bestia”, la clave vuelve a estar en la literatura.

Nos gobiernan personajes de Dickens. Avaros, codiciosos, elegantes, insensibles, crueles, amarretes. Capaces de cagar a la propia hermana, como el delegado de la SRA en Agricultura, o de degradar a la empleada doméstica, como el de Trabajo. Sólo hay que observarlos tiempo suficiente para  descubrir la mueca perversa debajo de la esforzada sonrisa. Y la Argentina a la que pretenden conducirnos será tan pobre y desigual como la Londres de la era victoriana. Si lo permitimos, claro.

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