“La feliz” o el fin de la inocencia

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En “La Feliz” (Edhasa), Camilo Sánchez narra el verano del ochenta y ocho en Mar del Plata, el de los casos Monzón y Olmedo. Observa muy de cerca a los protagonistas y construye un clima de fin de época. 

El autor no reniega de sus años de periodismo. Al contrario, los aprovecha. “La Feliz”, como antes  “La viuda de los Van Gogh”, es una obra de non fiction. Narra con maestría el verano del ochenta y ocho en Mar del  Plata, aquel de los balcones trágicos y los ídolos nacionales enlodados y desgraciados. Pero también tiene apego a los datos, que sólo se consiguen investigando, siguiendo con paciencia y tenacidad un tema a lo largo de años.

El libro cuenta la historia de tres protagonistas y los cruces y las relaciones entre ellos. “El Campeón”, un boxeador áspero y de pocas palabras, “El Claun” que hizo reír al país casi en cadena nacional y “El Langa”, un tipo que no tenía nada sobresaliente excepto la lealtad hacia sus amigos. El narrador tiene la capacidad de desnudarlos y exponer sus miserias, pero sin ensañarse con ellos ni caer tampoco en la condescendencia.  Los cuenta desde adentro hacia afuera.

Crea una atmósfera envolvente y asfixiante. En sus páginas se percibe el hastío de los que llevan toda una vida repitiendo el único truco que saben hacer y ya no aguantan, como el viento arremolinado que antecede al chaparrón y oscurece el cielo sobre las playas al sur del faro. La incomodidad de uno con la fama y el acoso de sus fanáticos, el aburrimiento de otro frente a las horas vacías y el dolor de ya no ser. Con la decadencia del alfonsinismo como telón de fondo, con una dosis mucho mayor de machismo tolerado. Algo estaba por explotar y explotó. “La Feliz” da cuenta de una época, de una década que se despedía.

Aún con abundante merca y vedettes en tetas, en los ochenta todos éramos más inocentes, más cándidos. Esa década, según Sánchez, se terminó ese verano, con el crimen de Alicia Muñiz y la nunca aclarada caída del Negro Olmedo, para dar lugar a los noventa, ese reinado de la banalidad, del plástico comprado de oferta en Miami que terminó en diciembre de 2001. Que también terminó mal, claro, como termina todo en este país, según la tesis de Asís, otro periodista escritor, con un ph más ácido.

 

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