Lo que Cambridge Analytica nos dejó

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El robo de datos de millones de perfiles de Facebook es aún reciente, pero permite algunas reflexiones preliminares, de la vendetta de los medios tradicionales a la ¿fantasía? del control absoluto de las mayorías.

Uno. Asistimos a una disputa comercial. Una cámara oculta de un noticiero de televisión de aire disfraza a un periodista de supuesto cliente o interesado en contratar los servicios de CA, que es una gran compradora de medios digitales. Así se desata la tormenta. Lo primero que cabe es preguntarse porqué.

En los presupuestos publicitarios, públicos y privados, de países del norte o del sur, desde hace una década, las plataformas digitales, con Google y Facebook a la cabeza, vienen creciendo. En share y, obviamente, en dólares. Crecen en detrimento de la televisión, la radio y los periódicos, a los que literalmente les roban los contenidos, que replican sin poner una moneda, porque tienen una capacidad de segmentación infinitamente mayor que los medios tradicionales. Segmentación que a su vez se traduce en influencia política y comercial, que es lo que los medios ofrecieron de manera promiscua todos estos años. La tardía respuesta de los medios, o la del noticiera británico al menos, fue volver al periodismo, algo que no está al alcance de las redes: la búsqueda del dato, la revelación de la verdad. 

Dos. La ola conservadora global se explica en buena medida por la superioridad tecnológica de sus armas. La evolución tecnológica no es uniforme ni democrática. Quien accede antes a determinada tecnología cuenta con ventaja estratégica. Los nazis invadieron Polonia en el 39 con blindados Panzer, sabiendo que enfrentarían una carga de caballería como principal resistencia. Algo similar ocurrió y ocurre aquí. La discusión sobre big data, data mining y personalización de los mensajes recién comienza a extenderse a otras fuerzas políticas. La “nueva derecha” las usa hace años. Estábamos mal, pero hay que sumarle el fin de la neutralidad de la red. Trump derogó la norma que impedía privilegiar ciertos contenidos o bloquear otros.

Mientras algunos todavía discuten el concepto de microsegmentación por variables blandas, la derecha lo ha llevado a un nivel que nos obliga a rebautizarlo. Las fuerzas políticas tradicionales  siguen más enfocadas en enunciar que en escuchar, a la vez que las nuevas han logrado conocer los deseos y temores de los electores antes que ellos mismos y anticiparse. Los problemas políticos exigen respuestas políticas. La indignación moral no califica.

Tres. Psicopatía a gran escala. El psicópata, por definición, está dispuesto a decirle a su interlocutor lo que este quiere oír, lo que sea, con tal de atraparlo o mantenerlo en su red de mentiras, manipulación y sumisión. Las redes y buscadores permiten amplificar y multiplicar este mecanismo ad infinitum. El artificio es conocido, la escala es lo novedoso.

Para que el hechizo se rompa tiene que ocurrir al menos una de estas dos cosas: que la víctima vea, generalmente por accidente, la cara real del victimario, sin maquillaje (el Golum que se oculta dentro de Frodo en “El Señor de los anillos”, el Triaca que humilla a su “sierva” en vez de salir a timbrear con una sonrisa, etc.) o que la dosis de sufrimiento sea tal que ponga en juego su supervivencia y, entonces sí, reaccione de manera instintiva. Un esbozo de esto último vimos aquí con los tarifazos: votantes de Cambiemos, muchos comerciantes y profesioanles de clase media, salen a cacerolear por temor a la quiebra y al fantasma de la caída al abismo. 

Los psicópatas más audaces, retienen a las víctimas secuestradas o encerradas mediante trucos y mentiras. Se fortalecen -ganan- en el uno a uno, el tet a tet. El consumo de redes, recordemos, es totalmente individual. Recién cuando la víctima sale a la calle, se reconoce en sus pares y toma conciencia del abismo neoliberal, esa forma anticipada de la muerte. La derecha no odia las multitudes sólo por motivos epidérmicos. Las odia porque ocupan el espacio y emparejan la disputa.

Cuatro. ¿Hay salida? Claro que sí, aunque sea larga y complicada. Por mucho que lo anuncien, el final de la historia no ocurre, como testimonian las movilizaciones del 8M en nuestro país o a favor de la paz en Colombia, por citar sólo dos ejemplos de nuevos colectivos.

Las fuerzas hoy opositoras, en el país y en la región, deben asumir que quienes votaron en contra de sus propios intereses son víctimas y no victimarios. El maltrato sólo volverá a empujarlos a los brazos de sus verdugos. Hay que montar una operación terapéutica, de cura y liberación a gran escala. En toda psicoterapia, la primera condición indispensable es establecer empatía, escucha atenta y amable. Amorosa si fuera posible. Nada más y nada menos.

Sin presupuesto del cuál valerse, hay que ser obligadamente creativos. La respuesta debe buscarse en el único campo donde estas fuerzas conservan ventaja competitiva: la infantería. O la militancia, que es lo mismo.  

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