Madrid ataca Barcelona, la vieja costumbre de escalar los conflictos

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La desmedida respuesta policial a una situación que debía solucionarse políticamente añade más complejidad al futuro de Catalunya. Latinoamérica, que al final de la guerra civil se engrandeció con el aporte de miles de republicanos exiliados, sigue de cerca el conflicto.

 

El resto de la península ibérica no solía tomarse muy en serio el nacionalismo catalán. Para los españoles, el catalán promedio es un hombre de negocios: serio, sobrio y medido, buen calculador y mejor negociador, poco afecto a imprevistos que puedan alterar su balance o su buena vida. Casi lo opuesto del vasco, cuya razón es a menudo nublada por las pasiones y se juega el cuero por su nacionalismo. Hasta hoy.

La comparación con el bloody sunday de Irlanda en 1972, salvando las distancias temporales, no es caprichosa. Para la opinión pública actual, la represión policial y la violencia institucional en territorio europeo –más lejos es otra cosa-, aún sin muertos, es tan indigesta como era una matanza de civiles desarmados hace cuarenta y cinco años. Aquel episodio fue un punto de inflexión para el conflicto irlandés. Muchos jóvenes –y no tanto- captaron el mensaje de que la vía pacífica no era una opción posible y se volcaron a la guerra de guerrillas. El conflicto recrudeció y se volvió más intenso. La salida política demoró casi tres décadas más y se llevó miles de vidas.

Nadie dice que habrá una guerrilla  catalana en pleno siglo XXI. Pero lo de ayer difícilmente admite otro rótulo que el de provocación. Una provocación lisa y llana a un pueblo cuya opresión es muy anterior al franquismo y cuyas consecuencias sólo serán visibles con el paso del tiempo. ¿Los arquitectos de las políticas del PP desconocen esos antecedentes? Suponemos que no, porque la subestimación es siempre un error. ¿Entonces? ¿Buscan deliberadamente la construcción de un enemigo interno, útil para quién sabe qué fines de política doméstica? Probablemente tampoco.

Como le ocurrió al escorpión que comparte fábula con el sapito, es probable que ellos mismos tampoco tengan, en La Moncloa, una explicación clara. Reprimieron porque es su naturaleza, porque el autoritarismo es para ellos una tentación siempre difícil de resistir. Si a nosotros en Argentina nos gobiernan los civiles que apoyaron a la dictadura, el Estado español está en manos de los hijos y nietos de los hombres de confianza de Franco. Basta con una búsqueda rápida en Google, los apellidos se repiten.

Las imágenes de los policías golpeando civiles a mansalva para impedir que se vote, como si fuera una escuela perdida en el fondo de González Catán o Florencio Varela en la que un docente nombró a Santiago Maldonado, recorrieron el mundo y cambiaron el eje de la discusión. Al gobierno central se le corrió la careta y lo que se vio es viejo, rancio, hediondo… Totalmente a contramano de ese oxímoron que nos quieren vender como “derecha moderna”.

“Legal” o “ilegal, ya sabemos, son conceptos jurídicos, pero de origen político. Ninguna solución vendrá por ese lado. Mientras los catalanes invoquen el principio de autodeterminación de los pueblos, desde Madrid responderán con el de integridad territorial de los estados nacionales. La razón legal poco importa si no viene acompañada de una correlación de fuerzas política que la sostenga.

“¿Vuelven los años treinta del siglo pasado?”, se preguntan politólogos y analistas, mientras los gobiernos de los países centrales se vuelven proteccionistas, crece el discurso xenófobo y los movimientos nacionalistas se potencian con el malestar que genera la globalización.

 

Habría que profundizar, pero no parece casual que esto ocurra cuando la capital catalana es gobernada por Podemos, la fuerza cuya bandera reivindica los colores de la República. El episodio de ayer ha venido a salar un poco más las heridas. Heridas viejas que, por ser negadas y escondidas bajo la alfombra, en vez de cicatrizar supuran cada vez más.

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