McGregor vs Mayweather, el robo del año

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Por limitaciones de uno y mezquindad de otro sobró show abajo del ring, pero faltó boxeo arriba.  Cuando la lógica del negocio conspira contra el espíritu del deporte.

Me había propuesto no ver Mayweather vs McGregor. Me negaba también a llamarla “pelea” porque, para mí, una pelea es entre dos púgiles. McGregor será muy campeón en lo suyo pero, dicho esto con el mayor de los respetos, no es un púgil. Mi prejuicio me hacía pensar que esto sería la versión glamorosa y multimillonaria del arquetipo del boxeador acabado que sale de gira con una compañía de lucha libre, más circense que deportiva, para ganar los últimos pesos más con el lomo. Como el Diego en su versión del mechón o del Showball.  Por eso no quería verla… Pero ya la vi dos veces.

Me senté frente al televisor preparado para un entrenamiento o una exhibición de Floyd, pero me encontré otra cosa. Un retador tan honesto como limitado, que fue al frente de entrada y tiró todo lo que tenía, descubrió que para boxear hace falta algo más que buenas intenciones. Se quedó sin nafta. Un campeón tan mezquino que, después de pasarla un poco mal los primeros rounds, se dedicó a esquivar y contragolpear hasta tener la certeza de que su rival se había agotado. Recién entonces atacó y metió un par de combinaciones. Las suficientes para que le pararan la pelea, un poco pronto para mi gusto (ventajas de la localía).

Floyd arriba del ring es –o fue- indiscutible. Abajo es otra cosa: su apodo “Money”, su excéntrica y obsesiva relación con el dinero, la insistencia en hacerse llamar “The Best Ever”, como si no hubiera habido un Mohamed Alí, conforman un combo difícil de digerir, no sólo para mí. Lo último bueno o “real” de Mayweather fue contra Maidana y contra Pacquiao. Lo que vimos y lo que veremos, si se concreta la revancha, es otra cosa. No boxeo.

En parte por su condición de cuarentón, en parte por convicción, Mayweather ha decidido encarnar la lógica del negocio y la especulación en el deporte de los puños. Es el tipo que más guita gana por golpe. Y parece obsesionado por aumentar la rentabilidad de cada mano. Claro, si la bolsa está preacordada, para mejorar la ecuación sólo queda sacar la menor cantidad de manos posibles. Economizar. Como hizo frente a McGregor.

Es difícil resistirse a la tentación del circo, aún para los que conservamos cierto espíritu crítico. El rating fue altísimo, los derechos de televisación también. Los fastos fascinan. Sobre todo, por el contraste con nuestro boxeo, el de esos pibes que viajan afuera y pierden, porque descansan mal y se alimentan peor, porque además de entrenar son todavía repositores de un súper o ayudan al viejo a pegar ladrillos en los ratos libres.

Allá, todo muy lindo. Son los reyes del show y del lujo. Pero el espíritu del deporte respira mejor acá. Está a salvo en los campeonatos metropolitanos de la FAB, en las exhibiciones del Almagro o Unidos de Pompeya o en cualquier galpón del conurbano con tres bolsas colgadas, al que cariñosamente llamamos club.

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