Superliga: un fútbol desigual dentro y fuera de la cancha

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Avanza el campeonato más asimétrico de los últimos años, mientras nos despedimos de los restos de Fútbol Para Todos. Impactante similitud entre lo que ocurre dentro y fuera de las canchas argentinas.

 

Un viejo principio de la astrología sostiene que “como es arriba es abajo” y “como es adentro es afuera”.  Se refiere a cómo los movimientos planetarios inciden en nuestra vida cotidiana pero es absolutamente aplicable a lo que ocurre con nuestro deporte preferido.

No hace mucho nos enorgullecíamos de tener la liga más pareja y competitiva del mundo, en la que “cualquiera le puede ganar a cualquiera”, como lo prueban, en años recientes, los títulos obtenidos por Banfield, Arsenal o Argentinos y los descensos de River e Independiente; todo eso accesible por canales de aire. Ambas cosas son inimaginables en otras latitudes e imposibles en España -¿el Barca a segunda? ¿el Getafe campeón?-, el fútbol que se ha vuelto modelo para nuestros dirigentes. Vamos hacia un fútbol “de castas”, previsible y aburrido… Y dejamos para otro día la cuestión de la justicia.

El fútbol es a la vez el juego más maravilloso y un ajedrez donde se trenzan pesadísimos intereses económicos y políticos. El Boca de Macri, Angelici y Barros Schellotto encadena triunfos sin despeinarse, mientras River intenta seguirlo, los otros tres grandes hacen lo que pueden y los demás saben, con dolorosa certeza, que sobran. No se discute aquí la validez de esos triunfos, sino el camino que ha tomado nuestro fútbol: la profundización de la desigualdad. Esto es la tan mentada Superliga, darle más a los que más tienen.

Siguiendo una fórmula de moda, te hicieron creer, según cuál sea tu equipo, que podías pelear un título o mantenerte en primera. Y nos hicieron creer a todos que teníamos derecho a ver fútbol en casa, tranquilos.

Las fotos noventosas de gente mirando el partido con la ñata contra el vidrio, desde afuera de los bares, son el correlato lógico de esa desigualdad. La placa con la sigla SAF que muestra la tele en las tandas y repeticiones podría significar perfectamente “Sin Abono Fuiste” o “Somos Apropiadores Futbolísticos”, en vez de “Superliga Argentina de Fútbol”.

Dejar a los argentinos sin fútbol (u obligarlos a pagar para verlo cuando son millones los que llegan justo a fin de mes o no llegan), no es menor. Es enajenarles una parte central de su identidad y sus raíces. Implica negarles un hecho cultural que ha generado, entre otras cosas, una maravillosa literatura. ¿Cómo harán para escribir los Fontanarrosa, los Dolina y los Saccheri de mañana, si no acceden al insumo de sus textos porque no pueden pagar el plus?

Basta como ejemplo el cuento “El penal más largo del mundo”, de Osvaldo Soriano, que transcurre en Barda del Medio, pueblo limítrofe entre Río Negro y Neuquén, donde fue tomada la foto de arriba. Como para reafirmar que nosotros, los argentinos, jugamos al fútbol, en cualquier rincón, cada vez que tenemos unos minutos y unos metros cuadrados libres, caiga quién caiga y cueste lo que cueste.

 

 

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