Vipassana: una tecnología del yo de veinticinco siglos

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Meditación, damma y karma. Aplicaciones prácticas en la vida de un sujeto occidental de clase media

Cada vez que vengo a Damma Sukhada -y ya cuento cinco-, ocurre más o menos lo mismo. Al bajar de la autopista en la salida hacia Brandsen, empiezo a preguntarme si estoy seguro. Cuando, minutos después, en un camino de tierra, veo sobre la tranquera la rueda de carreta que representa el damma, paro del lado de afuera y hasta apago el motor. Repienso todo. Me esperan días duros: de ascetismo, introspección, silencio, dolores físicos, angustia, vacío, llanto. Después de esos minutos, invariablemente entro. El razonamiento es simple. Siempre salgo mejor. Una mejor versión de mí mismo.

Para Foucault, las tecnologías del yo eran casi lo opuesto de los dispositivos de control. Mientras estos últimos, producto del capitalismo, disciplinaban al sujeto desde fuera, las tecnologías del yo, propias de civilizaciones anteriores, lo invitaban a constituirse en un sujeto ético, desde dentro hacia fuera, dotándolo -perdón por el gerundio- de un cierto sentido de la vida, regulando el campo de las relaciones del sujeto consigo mismo. Es decir, el núcleo duro de nuestra subjetividad, del que surgiría un arte de vivir.

El capitalismo triunfante arrasó con todo esto y las relaciones del ser humano consigo mismo, como todas las demás, pasaron a regirse por el consumo, su expectativa, consumación, posibilidad o imposibilidad. Surgido el malestar, porque el consumo es por definición insatisfecho e insatisfactorio, surgen los parches. Primero, el psicoanálisis. Más tarde las distintas terapias, como caminos o búsquedas de autoconocimiento y, en alguna medida, sanación.

No se trata aquí de discutir su valor: probablemente quien firma estas líneas no se hubiera iniciado en Vipassana de no haber acumulado antes una experiencia -y una necesidad- a base de gestalt, constelaciones familiares y regresiones hipnóticas, entre otras cosas. Pero nada como ir a la fuente. Y la fuente es Buda, que nos dejó muchos discursos pero, más importante todavía, una práctica. La meditación Vipassana.

Quien se inscribe por Internet para un curso recibe a vuelta de correo, en primer lugar, el código de disciplina. Es férreo, intimidante. Para eso está, para desalentar a los barriletes. Una vez adentro, es fácil de cumplir, pero antes cumple la función de poner a prueba la determinación del interesado. La determinación será un aspecto clave del proceso. La mente hará trampa, expondrá sus resistencias. Algunos -pocos- abandonan los primeros días.

El aprendizaje dura diez días. Incomunicación total con el exterior y noble silencio adentro. Absoluta segregación entre ambos sexos. Dos comidas diarias. Diez horas de meditación sentado en el piso, a partir de las 4 am. Un conocimiento valioso tiene que tener una iniciación a su medida.  Hay que tomar refugio y ponerse a laburar en uno mismo. Ni más ni menos.

“La raíz profunda de nuestra infelicidad está en la mente”, dice en inglés S.N. Goenka, el último maestro, heredero de un linaje que mantuvo y transmitió la técnica durante veinticinco siglos. El concepto es que nuestra mente vive distraída, evocando el pasado o planificando el futuro, de manera que nunca está presente, conectada. Como no está alerta, se la pasa clasificando de manera inconsciente los estímulos que recibe, en agradables y desagradables. El paso siguiente es tratar de repetir lo agradable y evitar lo desagradable, es decir, manipular. Esto genera apego a ciertas cosas, aversión a otras y, sobre todo, como el universo se empeña en desobedecernos, frustración.

¿Y una técnica de meditación va a resolver este kilombo? Sí, claro. La meditación es como la gota que horada la piedra. Sin milagros ni escenas de Hollywood, irá debilitando los muros de la cárcel  que nosotros mismos nos construimos. Si persistimos en la práctica, con dedicación cotidiana, veremos que nuestro entorno se vuelve, de a poco, más armónico, pacífico, amoroso. Dice Goenka que “dejaremos de apagar los incendios con nafta. Tendremos que enfrentar los incendios menguantes que generamos en el pasado, pero ya no sembraremos el fuego. O, al menos, no con tanta frecuencia e intensidad”.

La técnica es simple. Consiste en observar, observar sin reaccionar y sin juzgar. ¿Observar qué? Primero la respiración. Luego las sensaciones corporales. La atención debe recorrer todo el cuerpo, como un scanner, una y otra vez. Nuestra mente se rebelará, querrá volver a su patrón habitual de enrosque y ansiedad. Es probable que al principio, en toda la hora, apenas lo logremos unos pocos minutos. Pero esos pocos minutos, dice Goenka, “por fín, habrán sacado la cabeza del agua y podrán tomar aire”.

Para nosotros, occidentales, padres de familia, laicos, el curso de vipassana es una oportunidad única de experimentar por unos días la vida monástica, como camino hacia la disolución del ego. Acá no hay nada con qué alimentarlo. Es también por este motivo que los cursos no se cobran. “Si cobramos, los convertimos en clientes, consumidores. Y el consumidor exige, demanda. Justo lo contrario de lo que requiere el aprendizaje”. Goenka era revolucionario.

Vivir en el damma es vivir éticamente, tomando responsabilidad por los actos, las palabras y los pensamientos. Es un camino, una forma de transitar la vida. Una elección pragmática, porque los frutos no tardan en aparecer, aunque la iluminación suene a cuento infantil. El damma produce sujetos más dueños de sí mismos, menos permeables a las pulsiones y deseos. Más plantados, más enteros. ¿Como los de antes?

 

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